dimecres, 11 de juny del 2014

Las vueltas que da la vida

Hola querido lector, espero que al leer esta historia sientas lo que he querido transmitirte. Este relato está hecho para entretener, para que mientras lo estés leyendo te consigas evadir del mundo real y te centres solo en él, para que vivas la historia como si formases tú parte de ella. Espero que te guste.
Estábamos en marzo, ya sólo quedaba un trimestre para que el curso terminase, se me hacía raro, ya que me parecía que hacía nada acabábamos de empezarlo. Ya empezaba a asomar sus alas la primavera, eran días de buen tiempo y en el instituto se respiraba alegría y buen humor, aunque aquellos alumnos que les había quedado alguna del segundo trimestre no estaban tan contentos. Lo que llevaba de curso, por lo general, me había ido bastante bien; aunque me había propuesto intentar mejorar en algunas asignaturas. Todas las mañanas solía ir al instituto con la Vespa nueva que me habían regalado mis padres por mis 17 años el mes pasado, excepto los días de lluvia, que mi padre se prestaba a llevarme en coche. Mis amigas siempre bromeaban sobre el color de mi moto porque decían que tenía un color amarillento, por eso se referían a ella con el nombre de “pisum”, aunque sabía que en realidad lo hacían para picarme. A mí me parecía que el color de mi moto era un verde pistacho chulísimo.
Una mañana como otra cualquiera, me sonó la alarma para ir al instituto, me levanté de un salto, me sentía bien, tenía ganas de comerme el mundo, era un día especial pero sin serlo, me sentía positiva. Podríamos decir que me sentía como escasas veces es habitual sentirse pese a que deberíamos tener esa actitud positiva y enérgica todas las mañanas… Esa mañana me apetecía sentirme guapa, así que abrí mi armario y escogí mis pantalones vaqueros pitillo favoritos y el suéter nuevo que mis amigas me habían regalado por mi cumpleaños. Me maquillé ligeramente y me dirigí a la cocina a desayunar algo, me sentía bien, segura de mí misma, guapa. En la cocina ya estaba el renacuajo de mi hermano pequeño, Alejandro, en frente de la televisión viendo “Dora la Exploradora”, sus dibujos animados favoritos.
Todos dicen que Alejandro o “pitu” (como le llamo yo cariñosamente) es un bicho, es decir, que es muy travieso ya que nunca puede estarse quieto, pero a sus seis años eso no es nada raro. A mí como su hermana mayor que soy, me hace bastante caso. Alejandro está siempre detrás de mí, ya sea para imitar lo que hago, para que juegue con él o para fastidiarme con sus tonterías y llamar la atención. Y a decir verdad, menos mal que tengo a Alejandro, él es el único que me entretiene un poco en casa, aunque sea para pelearnos. Ya que mis otros dos hermanos, Javier y Marta que ya tienen veinte años van a su royo y pasan poco tiempo en casa, según ellos siempre están muy atareados. Cabe decir que pese a que son mellizos tienen un carácter muy distinto uno del otro. Javier es más tímido y perfeccionista, siempre ha sido de los mejores de su clase y no sólo es competitivo en los temas de estudio, sino que también se desvive por el fútbol, no sé cómo lo hace pero tiene tiempo para todo.
Mientras que Marta es más extrovertida, lo que más le gusta es pasar tiempo con sus amigos y amigas, y aunque el estudio no es su punto fuerte se va sacando curso por año. Aunque también es muy deportista, juega campeonatos de tenis.
Bueno volvamos donde nos habíamos quedado, Alejandro al verme entrar en la cocina de mi casa se puso a gritar diciendo: “¡Olivia, Olivia!, ¡mira qué hago!” mientras se hurgaba la nariz con el dedo meñique. Según mi madre, a los seis años lo de querer llamar la atención es algo habitual, dice que tanto mis dos hermanos mayores como yo hemos pasado por esa época y que tengamos un poco más de paciencia con él. Después de hacer rabiar a Alejandro un poco, les di un beso de buenos días a mis padres, Teresa y Agustín, me tomé un vaso de leche rápido, cogí mi mochila y fui al garaje a por mi moto para ir al instituto. De mi casa al instituto solía tardar ocho minutos, aunque si cogía algún semáforo en rojo tardaba un poco más. Pero esa mañana no llegué al instituto. En un cruce, un coche pasó cuando el semáforo acababa de pasar de color naranja fijo a rojo, en ese momento yo estaba cruzando la calle con la moto, a penas lo vi ya me encontraba volando por los aires, me embistió de tal manera que mi cuerpo cayó sobre un suelo de tierra que se encontraba fuera de la carretera, más allá del arcén, mi moto también voló por los aires. El coche salió también perjudicado y las dos chicas que se encontraban en él no se salvaron ya que debido al impacto con mi moto el coche se desorientó y se estampó contra la pared de un edificio, subiéndose por encima de la acera.
Hoy me siento igual que la mañana del accidente, alegre, con energía, con ganas de comerme el mundo…porque por fin después de un año estando en coma he despertado, he vuelto a la vida, esta me ha brindado una segunda oportunidad, que pienso aprovechar al máximo. Desde el momento que desperté del coma, a todos los días intento sacarles el máximo partido, cosas que antes no apreciaba por formar parte de mi rutina, ahora las aprecio, por ejemplo, he entrado mil veces por la puerta del colegio y nunca me había fijado que en el suelo hay pintada una frase que dice: PASA UN BUEN DÍA.
Y os preguntaréis por qué os cuento todo esto, pues bien, quiero compartir con vosotros mi experiencia mientras estaba en aquella cama de hospital conectada a mil cables que me mantenían con vida durante un año, exactamente fueron once meses y tres semanas. Hace tres meses que desperté del coma, la recuperación ha sido costosa pero satisfactoria, los primeros días era incapaz de levantarme y andar, me dolía todo el cuerpo, pero poco a poco he ido recuperando fuerzas. Hasta hace un mes no recordaba nada desde que ocurrió el accidente hasta que desperté el pasado febrero (hace 3 meses).Había pasado un año y me parecía como si tan solo me hubiera dormido durante unas horas. Pero hace un mes merendando con mis amigas en el bar de enfrente del colegio, me sucedió una cosa muy extraña. Me empezó a doler fuertemente la cabeza, y empecé a ver flases, imágenes sueltas de todo el mundo que me había venido a visitar al hospital durante todo el año que yo había estado en coma, pero no las podía ver de forma nítida , era un aglomerado de imágenes borrosas. Empecé a oír o a imaginarme voces con mensajes de ánimo de mis padres, de mis abuelos, hermanos, tíos, primos, amigos….; también opiniones de mil médicos. Me disculpé de mis amigas y les dije que me iba a casa que no me encontraba muy bien. Pero esos flases de los que os he hablado no cesaban, entré en la salita de estar de mi casa y me senté en el sofá, las pestañas me pesaban, se me cerraban los ojos, yo intentaba serenarme pero me era imposible, al final el sueño me venció y me quedé dormida.
Me encontraba otra vez allí en aquella habitación de hospital, era algo extraño porque me veía a mí misma tumbada en la cama con los ojos cerrados, tenía muy mal aspecto, debía de ser el día del accidente ya que todos mis familiares se encontraban en la sala de espera, se les veía muy alterados, sobre todo a mis padres. Mi yo en coma, estaba en la camilla dentro de la habitación rodeada de médicos. Fue entonces cuando un médico salió a la sala de espera a decirle a mi familia que me había quedado en coma y que nadie sabía si volvería a despertar y en el caso de que despertara, cuándo lo haría o en qué condiciones me quedaría. Les dijo que en esos casos nadie podía saber nada con certeza, que podía pasar cualquier cosa y que solo quedaba confiar en Dios. Mis padres se desmoronaron y se vinieron abajo.
Es muy triste tener que ver a mi familia así, yo sabía que estaba en una especie de sueño raro, pero parecía tan real…, se ajustaba tanto a lo que yo había pasado… Por más que intentaba abrir los ojos y volver a la realidad, a mi salita de estar, a mí casa, no podía. Es como si el destino quisiera que viviera el año que había perdido, como si tuviera que saber lo que había sucedido a mi alrededor durante aquel año, como si alguien quisiera decirme algo con todo aquello.
Mi alma se encontraba de nuevo en la habitación del hospital. Podía ver cómo día a día mis padres estaban conmigo (mi yo en coma), a mi lado. Al cabo de unos meses, el médico les dijo que había muy pocas posibilidades de que volviera a la vida. Pero ellos se negaban a desconectarme de esos cables y perderme para siempre, a dejar de luchar por mí y de confiar en mi recuperación; sabían que yo era una chica fuerte y que tenía unas ganas de vivir tremendas. Todas las mañanas mi madre se quedaba conmigo. Podía ver desde fuera del cuerpo de mi “yo en coma” cómo me lavaba con una toallita, me curaba las heridas, me peinaba, me ponía colorete para que tuviera mejor aspecto, me contaba todos los planes que había pensado y cómo me daba ánimos para seguir adelante. Otras mañanas se quedaba mi abuela conmigo, podía ver como se acostaba al ladito mío y me leía la colección de “Los Cinco”, mis libros preferidos. Por las tardes mi madre se iba a trabajar y se quedaban conmigo mi padre que ya había salido del trabajo y mi hermano Alejandro, que lo acababa de recoger del colegio. Alejandro se acurrucaba a los pies de mi cama y se quedaba ahí conmigo durante horas, me cogía la mano y no me la soltaba, se le veía muy afectado, nunca lo había visto tan triste y desanimado, ya no era el bichejo travieso de siempre. Mi padre cada tarde me daba mil besos en la frente, me daba ánimos y fuerza, y continuaba leyéndome el libro que mi abuela me leía por las mañanas. Se le veía ojeroso, cansado, se notaba que por las noches no pegaba ojo, mi estado lo estaba consumiendo.
Me sabía tan mal verlo así, y pensar que todo era por mí, me rompía el corazón. Quería volver a la realidad, ya había visto suficiente, forzaba los ojos para abrirlos, pero no podía, continuaba en esa habitación viéndome a mí misma desde fuera de mí.
Me sorprendí al ver a Alberto entrar a verme al hospital, hacía al menos seis años que no lo veía, estaba cambiado, estaba guapo, más mayor, más hombre. Sus visitas empezaron a ser periódicas y todos los viernes por la tarde y los sábados por la mañana se quedaba conmigo. Fue un acuerdo que hizo con mis padres. Podía ver desde la silla del rincón de la habitación dónde me encontraba, cómo Alberto me cuidaba, me hablaba, me daba ánimos, me contaba lo que había pasado en clase durante la semana, lo que estaban dando en biología, matemáticas, castellano… para estar al día cuando despertara.
Los médicos les decían que me hablaran que podía ser que sí que escuchara, aunque como ya os he dicho antes, yo cuando estaba en ese estado no podía oír nada, es más desde el momento del accidente hasta que desperté creía que habían pasado solo unas horas. Cuando realmente estaba viviendo lo que me sucedía mientras estaba en coma, era en esa especie de sueño raro que parecía que no acabara… Nunca habría pensado que Alberto me tuviera tanto cariño. Había sido un chico que siempre había venido conmigo a clase, pero se caracterizaba por su timidez y siempre me había pasado desapercibido. Que cosas tiene la vida, a veces de quien más te esperas menos recibes, y de quien menos te esperas, coge la vida y te sorprende.
Mi sorpresa fue cuando un viernes de tantos que venía Alberto a cuidarme al hospital, se sentó en la silla que estaba al lado de mi camilla, me cogió la mano y me confesó que llevaba toda la vida enamorado de mí, desde Primaria. Se lamentaba, lloraba a mi lado y se culpaba a sí mismo por no haber sido más valiente y habérmelo dicho antes, se culpaba por haber tenido que ocurrirme eso para sentirse capaz de vencer su timidez y gritar que me quería, que quería estar conmigo. Él rogaba que le estuviese escuchando, me decía que le diera alguna señal si lo estaba oyendo, pero en ese momento yo no lo oía.
Podía ver también cómo mis amigas los sábados por la tarde en vez de ir al cine o salir a cenar por ahí, venían a verme, me contaban los cotilleos del instituto, a veces montaban el cine en la habitación Leandra eras la que solía traer una peli de su casa (ya que era fanática del cine y su casa parecía un video club de tantas películas que tenía) y la ponían en el DVD de allí. Incluso, el día de mi cumpleaños me hicieron una fiesta en la habitación y me regalaron peluches que me los pusieron al lado de mi cama, para que me dieran fuerzas y me ayudaran a salir de esa situación tan lamentable.
También podía ver cómo mis dos hermanos mayores, Javier y Marta, me visitaban muy a menudo, casi que cuatro días por semana. Por lo que podía ver, creo que me dieron más cariño durante ese año que durante los otros 17 años que llevábamos bajo el mismo techo.
Sentía impotencia, quería salir de esa habitación, volver a la realidad con mi familia y amigos, sabía que ya no estaba en coma, y no podía soportar ver más, pero era algo que no controlaba yo. Mis padres me habían dicho lo bien que se habían portado todos conmigo después del accidente, pero nunca me habría imaginado que fuera tan exagerado. Ahí me daba cuenta de realmente quién era mi gente, y todo eso me hacía pensar que no había hecho suficiente para agradecérselo, quería correr hacia mis padres y hermanos, hacia Alberto, y hacia mis amigas y decirles que les quería, que eran lo mejor que me había pasado en la vida y que era la chica más afortunada por el hecho de tenerlos a mi lado.
Fue entonces cuando un zarandeo me devolvió a la realidad, me despertó mi madre que me cogía de los hombros y me movía de detrás hacia delante diciendo: ¡Olivia despierta! Solo es una pesadilla. Al ver que abrí los ojos, me preguntó que por qué estaba quejándome y sollozando mientras dormía en el sofá y yo le conté emocionada y confusa todo lo que había experimentado en esa especie de sueño que parecía realidad. Para mi sorpresa mi madre me dijo que durante el año del coma, todo había pasado tal cual se lo había descrito y las dos nos quedamos atónitas ante tal suceso tan extraño. Lo primero que hice fue abrazarla y llorar con ella. Luego corrí hacia mis hermanos y mi padre que estaban los cuatro en la cocina viendo un partido de fútbol mientras tomaban un aperitivo y me abalancé sobre ellos, daba gracias por tenerlos. Después sentí la necesidad de ir a casa de Alberto, me abrió la puerta su madre, cuando él me vio en la entrada de su casa esbozó una tierna e inofensiva sonrisa y cuando por fin me decidí a decirle que aceptaba salir con él, se quedó sin palabras y aunque intentó disimularlo, pude ver cómo dos lágrimas recorrían sus sonrosadas mejillas. No me sorprendió mucho aquella reacción porque como ya me había contado mi madre, el día que salí del coma, Alberto vino corriendo a visitarme, me preguntó si me acordaba de él y le contesté que no lo había visto en mi vida. Yo ahora no soy capaz de acordarme de eso y en ese momento era verdad que no sabía quién era Alberto, ni siquiera qué me había pasado, tenía muchas lagunas. Mi madre también me dijo que Alberto al oír eso se despidió de mí y con el alma partida salió de la habitación y desde entonces que mi madre no sabía nada de él. Le dije a Alberto que ahora sí que sabía lo que me dijo aquel viernes junto a mi cama de hospital. Desde ese día Alberto y yo salimos juntos.
Y ahora os dejo porque las obligaciones me llaman, tengo que dar de cenar y acostar a diez maravillosos niños africanos, os escribo mi pequeña experiencia desde Camerún, un país africano donde la pobreza abunda, los niños tienen como zapatillas botellas de plástico y apenas tienen ropa para vestirse. Las familias viven en chabolas que a la mínima que llueve les entra agua por el tejado. Tienen lo mínimo para comer y poder sobrevivir, pero debido a la poca higiene que hay cogen enfermedades y muchos acaban muriendo de eso porque aquí la sanidad es una miseria. Os será un poco chocante, pero al acabar 1º de bachiller con 18 años (después de haber perdido uno) he decidido venir aquí a pasar dos meses de mis vacaciones como misionera. Desde que salí del coma sentía la necesidad de hacer algo así, de sentirme realizada y ayudar a personas que realmente lo necesitan porque el accidente me hizo abrir los ojos. Y esta experiencia que estoy viviendo desde Camerún me está haciendo crecer mucho como persona. Te invito a que disfrutes de tu día a día al máximo y a que trates a los demás con el mismo cariño que el que te gustaría recibir de ellos, para eso no hace falta irse muy lejos ¡Hay miles de personas a tu alrededor que necesitan de tu ayuda!

Clara Blanes Mataix
1º Bachiller B

dilluns, 9 de juny del 2014

Mentes rotas

Prólogo:

Nos conocimos en aquel bar, aquella noche de verano, a medianoche ¿Te acuerdas? ¿Quién iba a decir que yo escribiría sobre nosotros? ¿Quién diría que nuestras vidas se convertirían en un Best Seller?

Éramos muy buenos amigos, tomábamos aquellas malas decisiones juntos ¿Quién iba a imaginar que todo aquello acabaría con la vida de uno de nosotros?

Esas noches de verano, a mitades de Julio, en las que perdíamos la cabeza, en las que éramos eternamente jóvenes. Esos días en los que amanecíamos en playa, sin recordar nada... todo se ha perdido en el tiempo, pero yo lo he recuperado.

No pretendas descubrir todo lo que pasó, todo sobre nosotros, porque no te lo voy a explicar. No todas las historias tienen el final que se merecen, o que se espera que tengan, pero al fin y al cabo son eso ¿No? Historias. Pues esta es la historia de cómo nos rompimos: Seis capítulos diferentes, con cinco tramas distintas que nunca tuvieron ni tendrán un final, simplemente porque siempre estarán presentes en nuestras mentes rotas.


Capítulo 1: Adara.

Al principio todo era perfecto. Besos robados bajo las sábanas. Abrazos por la espalda que acababan convertidos en pura poesía. Cigarros compartidos que acabaron haciendo de su relación un cáncer.

Llevaban un año y dos meses en una relación insana que, en secreto, había dejado varias marcas en el rostro de Adara. Sean, el príncipe azul, había cambiado radicalmente el día que celebraron su sexto mes juntos. Aquel día, él no apareció a la hora acordada, ni a ninguna, la dejó tirada.

Sean había pedido a Adara que quedara con él, ya que tenía que decirle algo que llevaba mucho tiempo pensando. La chica sabía a qué se refería, así que decidió salir de casa sin maquillarse los ojos, y de camino al bar derramó varias lágrimas. Estaba tan enamorada de él, y él era tan...tan. En realidad no sabía cómo era, y por eso le gustaba. Era único.

Adara llevaba tres cervezas y una hora esperando a su futuro ex novio. Cada vez que imaginaba su vida sin él, una lágrima le resbalaba por la mejilla. Después de todas las palizas verbales, toda la indiferencia... y ella aún lo amaba, y eso la hacía débil.

La puerta del bar se abrió. Adara cerró los ojos y respiró profundamente. Allí estaba, el aroma dulce y sutil del perfume de Sean. Era realmente hermoso, había ascendido del infierno más impuro para cautivar y engañar a Adara. Los profundos ojos del chico, azules como la noche temerosa de tornarse completamente negra, la poseían y la obligaban a mirarle fijamente. Su célebre sonrisa torcida ahora era un línea recta, claramente no se alegraba de verla. Su pelo, del negro más profundo y perfectamente despeinado, le otorgaba un atractivo irresistible, que a ella, personalmente le trasladaba al lugar más cálido y confortable del universo. Sus bíceps perfectamente definidos por la genética eran la parte de su anatomía que más le gustaba. Era perfecto.

Sean se sentó junto a ella con una mueca de asco. Adara esperaba que la besara, o como mínimo que la saludara, pero no sucedió nada de eso. Fue directo, mortal.

- Adara, - otra tímida lágrima cayó de los ojos de la chica - te dejo. Lo dejo. No vale la pena que siga fingiendo - ella no se movió, estaba rota por dentro, se rompía - No te voy a mentir. No ha sido bonito, pero lo recordaré. Adiós.

Él se levantó y se fue. Ella se quedó cinco cervezas, tres chupitos de vodka y dos horas sentada en esa misma silla que ahora le daba vueltas. Entonces, con las mejillas cortadas por el llanto y dando tumbos, salió del bar. No supo si fue por instinto, o porque le necesitaba, pero se dirigió a casa de Sean.

Estaba frente a la puerta, borracha. Las cervezas y el vodka le gritaban que llamase al timbre, y su conciencia intentaba hacerle entrar en razón, pero ella era débil. Tocó al timbre, y él le abrió la puerta en ropa interior.


Capítulo 2: Sean.

- ¿Qué haces en ropa interior? ¿Con quién estás?

Sean no tuvo tiempo de reaccionar. Adara lo empujó y corrió hacía su habitación, pero alguien le cerró la puerta en las narices.

- ¡¿Es Lya verdad?! ¡¿Te has estado acostando con ella todo este tiempo?! ¡Eras mi novio! - Si Adara hubiese tenido un revólver,  probablemente le hubiera disparado en la cabeza a él y a quien fuera que estuviera bloqueando la puerta.

- ¡Adara para! ¡FUERA DE MI CASA! - Sean estaba realmente enfadado. Si la joven abría esa puerta no sería capaz de volver a mirarla a la cara.

Dentro de la habitación estaba su secreto mejor guardado, la razón por la que había cortado de raíz su relación.
- Dime, ¿A cuántas chicas te has tirado estando conmigo? ¿Cuántos falsos besos me has dado? - Ella se volvió a derrumbar y cayó de rodillas al suelo, destrozada.

Sean se acercó a ella y le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Ella aceptó la ayuda, y en silencio se puso en pie, respiró hondo y se encaminó hacia la puerta, cerrándola con fuerza tras de sí. Entonces él se relajó. Había faltado muy poco. Abrió la puerta de su habitación y allí estaba él, no era muy guapo, pero a él le parecía perfecto. Era tierno, cariñoso y dulce, todo lo contrario a él.

El chico se llamaba Oliver , la persona de la que se había enamorado “accidentalmente” aquel día en aquella fiesta. La persona que le hizo descubrir que era lo que le gustaba y le gusta. Se acercó a él y le besó en los labios.

- Ha faltado poco - Oliver intentó sonreír, pero no pudo, estaba enfadado - Joder ¿Qué pasa ahora?

- Si he bloqueado la puerta ha sido por ti, para no avergonzarte - gruñó el joven - Me cabrea tener que esconderme para besarte. Me cabrea no poder decir que estoy con el chico más guapo del universo, que es mío y que me hace el amor a mí y a nadie más.

- ¿Has acabado?

Sean se puso encima de Oliver, y comenzó a besarle el cuello. Se quitó la ropa interior, y siguió besándolo, descendiendo poco a poco. Sus respiraciones sonaban agitadas, entrecortadas. Se encontraban en el cielo de los pecadores, en el mismísimo infierno. De repente el sonido de un teléfono móvil rompió el momento, Oliver se apartó y cogió rápidamente el aparato.

- Es Irina - dijo, mientras se levantaba y empezaba a vestirse con urgencia - Me necesita. Dice que es importante… Perdóname.

- Tranquilo, no importa, me quedaré aquí solo y caliente. - Contestó Sean sarcásticamente.
Oliver se agachó y le besó con fuerza, solo como lo harían dos personas realmente enamoradas. Después de aquello se fue, dejando a Sean en la habitación, el cual decidió acabar lo que habían empezado en solitario.

Capítulo 3: Oliver.

Caminaba bajo la luz de la Luna, con un cigarro entre los labios, que aún conservaban el sabor de Sean ¿Qué sería aquello tan  importante qué tenía que contarle Irina? Ella era su mejor amiga. Antes lo era Adara, pero después de que pasara aquello con Sean, no pudo volver a dirigirle la palabra, por lo que ella nunca supo la razón por la cual se distanciaron.

Irina lo esperaba bajo el sauce llorón del parque donde siempre solían quedar. Aquel lugar estaba distribuido en tres zonas: el parque infantil, el lago y el sauce. La última zona, el sauce, era su favorita. Era un árbol majestuoso, con miles de delgadas ramas verdes, que caían hasta el húmedo césped, de forma que no sabías dónde empezaba y acaba el árbol. Una vez que traspasabas las ramas entrabas en una cúpula preciosa, bañada en cientos de matices verdes azulados, que a la luz de la Luna, y acompañada de la agradable brisa nocturna, te envolvía en una espiral perfecta de naturaleza y recuerdos. Irina estaba tumbada entre las raíces del árbol que, juntas, formaban una cómoda hamaca natural. Oliver se acomodó junto a ella y dio una profunda calada a su cigarrillo.

- ¿Ahora fumas Marlboro? - Irina le quitó el cigarro de las manos y le dio una suave calada.- no está mal.

- ¿Y tú desde cuándo fumas? - Exclamó Oliver intentado recuperarlo.
Esa pregunta paralizó a Irina, que intentó fingir que no la había escuchado. Se quedaron en silencio. La brisa nocturna hacía danzar las delgadas lágrimas verdes del sauce llorón, creando una agradable atmósfera. Irina decidió continuar.

- ¿Qué tal con Sean?

- Adara y él lo han dejado - Irina no se sorprendió. Todos sabían que no estaban bien, aunque ella era la única que sabía el por qué - luego ella se ha presentado en casa de Sean. Iba borracha y casi nos pilla juntos. Y justo cuando íbamos a… ya sabes, has llamado tú. Por cierto ¿Para qué has llamado exactamente?

- Verás… es que hace un mes que no - el móvil de Oliver sonó, interrumpiendo a Irina.

Respondió al teléfono y su rostro se crispó en una dura mueca. Una lágrima resbaló por su mejilla, y la decepción se apoderó de su mente, que en ese momento se había hundido en la más profunda oscuridad.

- Es de comisaría. Mi madre ha vuelto a beber - Una lágrima siguió a otra, y así acabó derrumbándose y llorando en el hombro de Irina durante unos instantes - Tengo que ir a recogerla – dijo con un hilo de voz - ya acabaremos esta conversación en otro momento.

Oliver abandonó el cálido consuelo de Irina. Caminó por las calles oscuras de la ciudad dormida hasta la comisaría. Iba a ser una larga noche de insultos con olor a ginebra barata. Cuando entró al lugar en el que tenían retenida a su madre,  estaba fuertemente sujeta por dos policías y parecía estar en el momento álgido de su borrachera. Furiosa. Violenta.

- ¿Y mandáis al maricón de mi hijo?

Sí, definitivamente la mente de Oliver estaba hundida.

Capítulo 4: Irina.

Oliver se había marchado, abandonándola bajo aquel majestuoso sauce. En esos momentos odiaba a la madre del chico ¿Y ahora qué? Aún necesitaba contarle a alguien lo que le pasaba, a quién fuera. Buscó en la agenda de su teléfono móvil, y encontró a Lya. Llamó, pero nadie respondió.

Necesitaba despejarse. Así que dejando de lado el árbol, el parque y sus problemas, se fue en busca del local más abarrotado de la ciudad.

Una vez allí, el tiempo pareció ralentizarse; estaba confundida. La música hacía temblar las paredes de la sala, y casi parecía que le fueran a estallar los tímpanos, pero no le importaba, ella seguía dejándose llevar. Se encontraba en una enorme sala abarrotada de cuerpos sudorosos, mareada por las luces de colores que de vez en cuando iluminaban su rostro, y que dejaban ver la preocupación que en él se reflejaba. Las drogas circulaban por todo el local, colocando a los jóvenes inocentes y dándole a los más veteranos lo que buscaban. Ella se abría paso entre la multitud, buscando la salida, pero estaba desorientada, confusa y colocada.

- ¿Irina te encuentras bien? - Dijo una voz conocida, agarrándola inesperadamente del brazo – Te has metido ¿Verdad? Anda, ven. Voy a sacarte de aquí.

Irina se esforzó por enfocar y reconocer el cuerpo de la persona que la arrastraba entre la multitud, camino de la salida: era Lya, su gran amiga.

Una vez salieron del local, Lya comenzó a reprocharle lo imbécil que era por haberse drogado. Irina asentía, confundida e insensible por los efectos de las drogas. Su amiga seguía gritándole, y ella comenzaba a cansarse. Su cabeza iba a estallar, y entonces fue cuando Irina se lo dijo.

- Estoy embarazada.

Capítulo 5: Lya.

Lya no se creía nada de lo que su amiga le estaba contando, ya que no era la primera vez que mentía bajo la influencia de las drogas, así que decidió llevársela a su casa.

- ¡Lya, para! ¡Déjame! - Irina se deshizo de ella, y la miró fijamente - Estoy embarazada. ¡¿ME HAS OÍDO?! ¡¡EMBARAZADA, JODER!! Necesito ayuda. Tú ayuda.

Lya estaba confundida, su mejor amiga le estaba pidiendo ayuda desesperadamente ¿Pero ella que podía hacer? En realidad no podía hacer nada; hacía meses que Irina había cambiado radicalmente, tanto tiempo junto Oliver le había pasado factura a su amiga, ya que hasta entonces ni siquiera había probado un cigarrillo. A Lya nunca le había gustado él, solía decir que le consideraba una persona muy inestable, y el hecho de ser gay le resultaba algo repulsivo.  La verdad es que Lya había sido criada en un ambiente extremadamente religioso, y no era capaz de aceptar otras relaciones que no fueran entre un hombre y una mujer.

Mientras caminaban, la brisa les calaba los huesos. La noche era fría, y la calle desierta creaba una tétrica escena. La casi ausencia de automóviles y de gente circulando por la acera era extraña para esa época del año, pero lo que no sabían era que alguien más seguía sus pasos.

- ¡Eh, vosotras! - Adara estaba detrás de ellas, al final de la calle, y además parecía estar borracha. Lya, que sujetaba a Irina para que no tropezara, le susurró que continuará andando. - ¡PARAD! - Adara sacó un revólver de la chaqueta y disparó al aire. Lya e Irina gritaron mientras se agachaban en un acto reflejo por protegerse.

- ¡Adara! ¡¿De dónde has sacado eso?! - La voz de Irina sonaba débil, el miedo apenas le dejaba hablar.

- Mi padre tiene una colección de armas. Esta era la favorita de Sean y... - Adara sollozaba mientras bajaba el arma - y yo se la iba a regalar, pero... - La chica volvió a levantar el revólver, apuntando a Lya con un ojo cerrado - pero ahora te voy a enseñar a no tirarte a los novios de las demás.

Capítulo 6: Todos.

Adara sujetaba la pistola con ambas manos, dispuesta a disparar a Lya. Irina era la única que podía salvarla, ya que sabía la verdad. Pero también era consciente de que Oliver nunca la perdonaría.

- ¡Adara, se trata de Oliver! ¡Él es el que te ha robado a Sean! - Le temblaba la voz, pero tenía que hacer algo para salvar a su amiga - Están juntos ¿Vale? Y son felices. - Irina lloraba a su lado, la presión la  había superado. - Adara baja el arma por favor.

- Llama a Sean. Quiero que venga, y Oliver también. - La rabia y la confusión se apoderaban de ella, incluso le costaba mantener el arma firme. - ¡LLÁMALOS! - Irina sacó su teléfono móvil y marcó el número.

Sean dormía plácidamente, ajeno a todo lo que sucedía no muy lejos de su casa, cuando el sonido del teléfono interrumpió su profundo sueño.

- ¿Qué coño quieres? - gruñó, molesto. Eran las cinco de la madrugada.

- Es Adara, quiere... - Irina susurraba al otro lado de la línea.
- No quiero saber nada de ella. Adiós.

- ¡NOS ESTÁ APUNTANDO CON UN ARMA, SEAN! ¡LO SABE TODO! - El corazón del joven se aceleró. Adara había perdido la cabeza finalmente. Antes de que pudiera preguntar nada, Irina le dijo el lugar exacto en el que se encontraban y, con voz temblorosa le rogó que llamara a la policía antes de colgar.
La pistola se encontraba a escasos centímetros de la frente de Lya. Irina estaba justo detrás de ella, sollozando y haciendo que Adara perdiera los nervios con más rapidez. La calle seguía desierta, ni un mísero coche ni peatón que pudiera sacarlas de aquel aprieto.

Cuando el chico hizo acto de presencia, Adara pareció relajarse levemente. Pero cuando Sean se aproximó, ella volvió a levantar el arma, haciéndole parar en seco con los brazos levantados.

- Adara, cielo, ¿Qué haces? - Sean sonaba tranquilo, parecía tener la situación bajo control, con esa sonrisa torcida y esos dientes perfectos - deja eso en el suelo y hablamos de lo que quieras.

- ¿Y el otro? - La voz de Adara era diferente, salvaje. Estaba totalmente cambiada, no parecía ella.

- Oliver no debe saber nada esto. Si quieres podemos volver a estar juntos e intentar ser felices. De verdad.

La sirena de los coches de la policía se escuchó a lo lejos, acercándose a gran velocidad, y unos minutos después las luces azules iluminaban las fachadas de los edificios. Entonces Adara se dio cuenta de todo: venían a por ella.

- ¿¡QUIÉN HA SIDO!? - rugió sin dejar de mirar y apuntar con el arma a Sean  -  ¿Cómo has podido hacerme esto, imbécil? Yo te quería lo suficiente para que no tuvieras que buscar a nadie más durante toda tu vida y no lo has sabido aceptar. ¿Y, por qué, en vez de dejarme así, no pudiste decirme que simplemente eras un asqueroso maricón?

Y Adara apretó el gatillo, cerrando los ojos.

Sean estaba pálido, la bala le había atravesado el pecho, destrozándole el corazón. Tosió y los labios se le mancharon de sangre mientras caía al suelo, primero de rodillas, para luego acabar boca abajo sobre un charco de sangre que empezaba a hacerse cada vez más amplio.

Los agentes de policías bajaron de sus coches en aquel mismo momento, abalanzándose sobre Adara y esposándola mientras ella se debatía entre gritos y pataleos. Otros prestaron ayuda a Irina y a Lya, que lloraban y exigían ver a su amigo, el cual ya los había dejado para siempre.

Epílogo:

Después de que Irina me llamara al día siguiente de tu muerte, me sumí en la más oscura de las depresiones. No asistí a tu funeral. Abandoné la ciudad esa misma mañana, dejando a mi alcohólica madre rodeada de botellas de bebida barata vacías. Nunca más volví a ver a Irina, tampoco a Lya y mucho menos a Adara, a la cual encerraron en un hospital psiquiátrico. Allí le diagnosticaron un trastorno bipolar severo, pero no fui capaz de perdonarla aun estando enferma. Dos años después de todo aquello, Irina consiguió ponerse en contacto conmigo, y junto a su hijo, vino a reunirse conmigo. Resulta que después de todo aquello, Irina, quemó el sauce, y junto a él, todos los objetos, fotografías y recuerdos de aquellos perturbadores años.

Ahora, treinta y un años después continuo pensando en ti ¿No te parece ridículo? Treinta y un años enamorados de la misma persona. Treinta y un años martirizándome por no asistir a tu funeral. Es increíble que después de todos estos años, ahora me haya decido a visitar tu tumba y a dejarte escrito en esta carta todo lo que mis labios callaron, y a regalarte todos los besos que nunca te di. Con esto pretendo que seamos eternos, pretendo reírme de la muerte y sus balas, que injustamente atravesaron tu corazón.

No todas las historias tiene el final que se merecen, pero al fin y al cabo son eso, historias.


Marco Tárraga
1r Batx






El humo negro de Sebastopol

El humo negro se levantaba hacia el cielo convirtiéndose en una columna oscura que supongo se podría ver desde kilómetros, reinaba ahora un extraño sonido, un sonido que no había oído desde hacía, a mi parecer una eternidad: el silencio.
Hacía meses que habíamos iniciado el sitio a esta ciudad que contra todo pronóstico había resistido bastante más de lo que se esperaba. Sebastopol había sido un hueso duro de roer y si la información proporcionada por los zapadores era correcta los feroces sitiados habían construido 33km de zanjas para tanques, 56km de alambrado de púas y habrían colocado entre 7000 y 9000 minas terrestres en los meses anteriores al ataque. Si bien la ciudad portuaria contaba con cien mil defensores, la mayoría reclutas jóvenes sin apenas experiencia pertenecientes a la Flota del Mar Negro y al Ejercito de la Marina, lo que le pareció al alto mando una oportunidad perfecta para conquistar una ciudad estratégica para el control del Mar Negro. Pero el alto mando no conto con dos factores, primero, que nuestra inteligencia en sus informes resaltaba que los defensores disponían de gran cantidad de suministros y recursos y segundo, en menor grado pero para mi impresión importantísima era que la mayoría de los defensores eran naturales de Sebastopol y que aun estaban la mayoría de los civiles en ella, lo que quiere decir que los defensores no solo luchaban por su ciudad y su patria sino también por proteger a sus familias y amigos lo que los volvería combatientes feroces y arrojados. En mi opinión habíamos subestimado al enemigo y confiado demasiado en nuestra superioridad numérica, también la estrategia no había sido la mejor porque…

-Capitán von Heinz- se dirigía a mí un soldado joven que no tendría mucho más veinticinco años que parecía haber salido de la nada -hay reunión de oficiales y generales en la tienda del mariscal de campo von Manstein, es urgente- me informó y tan rápido como apareció desapareció entre el movimiento de campamento.
Rápidamente me dirigí a la tienda de von Manstein, donde llegue en apenas unos minutos.
Cuando entré en la gigantesca tienda ya se encontraban la mayoría de oficiales y generales del XI Ejército, estaban todos alrededor de una mesa sobre el que había un gran mapa muy detallado de toda la parte occidental de la Unión Soviética. Me coloqué al lado de mi querido amigo Hans Lieberg, al que habían ascendido a capitán hacia apenas dos días, cuando me coloque discretamente a su lado me lazo una mirada cálida y cómplice y una leve sonrisa, Hans y yo habíamos crecido juntos en nuestra ciudad natal, Hannover, además estaba prometido con su hermana. El era y es una persona muy nerviosa y por así decirlo traviesa, también era muy temerario en combate por ejemplo en Francia un cañón de 75 mm casi le arranca la cabeza, mientras les hacia un corte de mangas a los artilleros franceses, también era un mujeriego lo que le ha costado alguna que otra bofetada, incluso algún puñetazo, pero realmente es en quien se puede confiar y se preocupaba mucho por quienes quiere.
-Caballeros- dijo von Manstein en su habitual tono de voz grave y seria -La situación es delicada, mas adelante como todos ustedes sabrán el general von Paulus y el VI Ejercito Panzer se encuentran cercados por tropas soviéticas en Stalingrado y sin apenas combustible y municiones, bien, el alto mando ha creado el Grupo de Ejércitos Don para la liberación de von Paulus y dicho ejercito, pero lamentablemente el XI Ejército no se encuentra incluido en el y mi se me a asignado el mando de dicho grupo de ejercitos, por lo que también he decidido reasignar algunos de los brillantes oficiales de este ejercito bajo mí mando en el recién formado Grupo de Ejércitos Don ahora me dispongo a decir los nombres de los seleccionados: coronel Fritz von Rumpler, teniente coronel Albrecht Goldschmidt, comandante Conrad von Schell, capitán Hans Lieberg y capitán Gunther von Heinz-
Al oír mi nombre fue como si se me para el corazón, íbamos a ir a Staligrado, si el infierno existe en la tierra, Stalingrado es donde se ubica, como de costumbre a Hans se le iluminaron los ojos, el disfrutaba con los frentes más peligrosos, le proporcionaban ese sensación de adrenalina que se encontraban en las acciones más peligrosas en los lugares más peligros.
-Bien, señores, los que han sido nombrados partirán conmigo a finales de agosto al Don donde nos reuniremos con los ejércitos, hemos previsto que a finales de noviembre partiremos a Stalingrado a liberar las fuerzas que se encuentran atrapadas en dicha ciudad, al resto les deseo mucha suerte y espero que cumplan con su deber, pueden retirarse- con estas últimas palabras del mariscal nos marchamos fuera de la tienda de von Manstein, había quedado claro que nuestros permisos se habían pospuestos quien sabe para cuanto tiempo.
-Gunther, Gunther, Gunther- repetía una voz que me resultaba tan familiar como el sonido del viento -Cuando te ha nombrado parecía que habías visto un fantasma- dijo entre pequeñas risas.
-Hans, a ti no hay nada que te de miedo ¿verdad?- le contesté más serio.
-Claro que sí, por ejemplo, una mujer fea, eso es algo aterrador- esta vez su risa se escuchó tan fuerte que habrá llegado hasta Berlín.
-Por su puesto, tratándose de ti que iba a ser si no- esta vez yo también me contagie de su enérgica y estruendosa risa.
-Bueno, por lo que sabemos vamos a estar ociosos una temporada. Que te parece si nos vamos al pueblo que hay al este de aquí, hay unas jóvenes que están bastante bien y seguro que con ellas y unos tragos de cerveza, vodka o lo que beban estos comunistas, nos la pasaremos, mejor que escuchando los discursitos del capullo de Frank- en sí la idea sonaba bien, mejor que escuchar a Frank, Frank era nuestro compañero de tienda, era miembro del NSDP y aspiraba a entrar en las Waffen-SS y se pasaba horas dando discursos políticos a quien pillara por banda, era el mejor remedio para el insomnio.
Siguiendo la idea de Hans cogimos un Benz y pusimos en marcha dirección al pueblo de Krieschnov que se encontraba a veinte minutos en coche de Sebastopol, se había convertido por así decirlo en la zona de “recreo” del XI Ejército, el pueblo estaba lleno de alcohol y mujeres, y estaba lleno de mujeres porque o bien los hombres habían huido antes del enfrentamiento o se les había obligado a defender Sebastopol por parte de los defensores por lo cual se encontraban o muertos o entre los prisioneros. Cuando llegamos sería mediodía y nada más bajar ya había algún que otro soldado borracho abrazado a cualquier mujer y aún grupo de mujeres en su mayoría jóvenes riendo y saludándonos, yo siempre me pregunté por que las mujeres se quedaron en el pueblo pero al parecer yo era el único que le daba importancia a dicho interrogante.
-Gunther, fíjate qué cantidad mujeres me voy a poner morado- lo decía mientras ponía los ojos como los de un león que selecciona las presas para luego atacar la mejor, a mí en particular me llamó la atención una chica joven tendría unos veinticinco años, tenía una melena pelirroja y salvaje, sus ojos eran de un azul como el hielo, su piel era blanca como la nieve y lucía algunas pecas en la cara además tenía una figura con unas curvas dignas de la mismísima Afrodita, yo no paraba de mirarla asombrado y ella se dio cuenta y también me miro me dirigió una sonrisa y un guiño y continuó hablando con el grupo de mujeres con las que se encontraba.
-Que, ¿te has fijado en la pelirroja?, buena pieza, venga al ataque- me dijo con falsa seriedad que detrás escondía una risa pícara.
-Hans, te das cuenta de que estoy prometido con tu hermana, y además no quiero que las llames “piezas” son personas, no ciervos- le contesté con algo de enfado.
-Como quieras pero llevamos casi nueve meses en el frente, está bien echar una canita al aire de vez en cuando, además, quien se lo va a decir, yo no- Hans como de costumbre en estos temas me lo dijo como si fuera un filosofo.
-Me mantengo en mi posición- dije intentando finiquitar el tema de conversación.
- Vale- acatando mi decisión con algo de resignación -Pero un par de tragos sí que te harás conmigo ¿no?- poniéndome cara de cordero degollado.
-De acuerdo- respondí con resignación.
-Estupendo pues vamos a pillarnos una buena- su tono alegre me levantó el ánimo.
Entramos directamente a lo que parecía una taberna donde había un buen ambiente de fiesta, fuimos directamente a la barra, donde nos sirvieron un trago de vodka, al tercer trago ya estábamos hablando con otros dos oficiales. Al sexto se nos acercó un grupo de cinco mujeres casualmente era el grupo anterior de mujeres en el cual se encontraba la pelirroja mientras a mis tres compañeros de barra se les dibujó una sonrisa de oreja a oreja, yo me quedé sorprendido de verla a ella, Hans se dio cuenta y me dio un codazo lo que hizo que volvería en mi y dejara de poner cara de tarugo, ella se rio y yo me sonrojé, entonces Hans pidio una ronda para los nueve brindamos y empezamos a beber y reír, ellas apenas sabían alemán por no decir nada, pero por suerte nosotros sabíamos ruso, yo había aprendido en una academia militar cuando estuve destinado en Renania y Hans y los otros dos oficiales lo habían aprendido por los prisioneros de guerra soviéticos capturados durante la Operación Barbarroja o bien los desertores que nos íbamos encontrando en nuestro avance por territorio soviético. A medida que pasaban las horas fuimos yéndonos, cada uno con acompañante. Los primeros en irse fueron los dos oficiales que habíamos conocido cada uno se fue con una muchacha y no los volvimos a ver durante lo que quedaba de día, poco después Hans como era de esperar me sorprendió llevándose a dos chicas y a él tampoco lo volví a ver durante lo que quedaba de día, yo me quede con la chica pelirroja, que se llamaba Ekaterina, a los pocos minutos me cogió de la mano y me sacó de la taberna al salir me beso, yo me quede paralizado sin saber qué hacer, ella lo notó, y se separo se me que mirándome y dibujó una sonrisa, yo seguía aun sorprendido, ella me dijo algo a lo que yo no presté mucha atención, ella me seguía cogiendo de la mano y me llevó a su casa, al entrar presentaba un aspecto humilde, se destacaba que era vieja, era prácticamente de madera excepto la chimenea que era de piedra y tenía unas pequeña hoguera, la casa presentaba un aspecto humilde aunque acogedor, me llevó a una cama grande aunque igual de humilde que el resto de la casa me tumbó me quitó la chaqueta y ella se empezó a quitar ropa y como se suele decir el resto es historia.
Me desperté con los primeros rayos del sol que entraban por una ventana, me dolía la cabeza, hacia mucho que no bebía, entonces me di cuenta de donde estaba y sobre todo con quién estaba. Me giré y ahí estaba ella dormida con algunos sus cabellos rojos como las ascuas por la cara, tenía una sensación extraña una mezcla entre culpa y satisfacción, no sé cuanto tiempo estuve navegando entre mis pensamientos, ella acabó despertándose y me dirigió una sonrisa junto con una mirada llena de vida, entonces rápida como una felina se levanto se puso un ligero y corto camisón y preparo el desayuno. Me preparó un par de huevos y verduras empezamos a conversar y al conocerla descubrí que su madre había muerto un año antes de la Operación Barbarroja y que su hermano y su padre se los habían llevado los soviéticos forzosamente a defender Sebastopol y que no sabía que cual había sido su destino. Sobre mi le conté de donde era y la campañas en que había participado también le hable de Hans. Pero entonces ella formula la temible aunque inevitable pregunta.
-¿Estas casado?- lo dijo no con un tono serio sino despreocupado sospechando la respuesta y a pesar de que yo solo tenía veintisiete años era bastante normal que yo ya estuviera casado y con algún hijo en camino
-No- mi respuesta había sido simple pero firme.
-Vaya, estoy sorprendida, de normal los soldados que vienen por aquí están casados- dijo en un tono divertido y alegre.
Hubo un rato de silencio hasta que acabamos de desayunar, entonces la conversación revivió nos pusimos a hablar de cosas más mundanas que el matrimonio, mientras hablábamos yo observaba la casa detenidamente y repare en una cómoda en la cual había unas cuantas fotos me acerque a verlas, destacaba una de ellas en la cual aparecía el rostro de Ekaterina se había hecho recientemente, ella se dio cuenta se acerco y por detrás me cogió amorosamente por la cintura y me susurró delicadamente al oído.
-Te gusta ¿verdad?- me la hice hace apenas un mes un amble fotógrafo alemán hizo fotos a todo el pueblo.-Te la regalo-dijo amorosamente.
-¿En serio?- respondí con sorpresa.
-Claro- me susurro, ella la cogió la sacó del marco y la guardó en uno de los bolsillos de mi pantalon.
-Me tengo que ir- dije con un tono de desánimo
- Lo sé- respondió comprensiva
Me dirigí a la puerta ella me cogió de la mano y acompaño, al salir me cogió del cuello y me dio un beso, justamente pasaba Hans subiéndose la bragueta y abrochándose la chaqueta mientras levantaba una mano despidiéndose de las dos chicas semidesnudas en la entrada de la casa donde los tres habían trasnochado que a apenas 20 metros de donde estaba la casa de Ekaterina. Al verme se le dibujo una sonrisa pícara y algo recriminadora.
-Vaya, Vaya el recto capitán Gunther von Heinz, se lo ha pasado bien por una vez, gracias a mí- sentenció entre sus típicas risitas.
-¿Y por qúe es gracias a ti, si se puede preguntar?- respondí siguiéndole la broma.
-¿De quien fué la idea de venir?- dijo con sarcasmo –De mí, para que tú pudieras sacarle brillo a tu “fusil”- bromeó.
-Hans que soez eres, pero sigo siendo fiel a mis principios e ideales- sentencie.
-Vaya el estirado capitán von Heinz ha vuelto, ya decía yo que esto era demasiado bueno para ser cierto- siguio bromeando.
Ekaterina se reía, supongo que se imaginaba la conversación que estábamos teniendo me dio otro beso y volvió dentro de su casa. Yo me que observando la su puerta nostálgico, Hans me dio una palmada en el hombro.
-Venga capitán estirado hay que volver al cuartel son las once y seguro que se echa de menos nuestra presencia, aparte por lo que estoy viendo parece que aquí están la mitad de oficiales del XI Ejército, parece una reunión del estado mayor- bromeaba Hans –Por cierto conduce tú que con la resaca que llevo seguro que atropello algo por el camino- me dijo antes de vomitarse en los zapatos.
Nos subimos al Benz y pusimos dirección a Sebastopol esta vez tardamos mas en llegar porque Hans no paraba de vomitar. Al llegar no fuimos directos a dormir, no quisimos ni probar el rancho.
En las semanas anteriuores a nuestra partida al Don, Hans y yo solíamos ir a Krieschnov, Hans pasaba el tiempo como a él más le gustaba y yo lo pasaba con Ekaterina, incluso yo también le regalé una foto mía, me atrevo a aventurar que fueron las semanas más felices de mi vida.Incluso enmarque la foto de Ekaterina en mi reloj de bolsillo.
Pero el tiempo pasa para bien o para mal y al final llegó la partida. Un par de horas antes me dirigí a Krieschnov para despedirme de Ekaterina, Hans me acompaño pero no se bajó del Benz porque la fidelidad no es su punto fuerte y digamos que engañó a unas cuantas y las mujeres soviéticas son de armas tomar así que prefería no hacer saber que estaba por el pueblo para evitarse lesiones innecesareas, llamé a su puerta, ella salió con los ojos lloroso, en estas semanas habían aprendido que ella era una mujer muy inteligente y lógica, con lo cual suponía para qué había venido.
-Te deseo la mejor de las suertes y no te olvidaré- dijo amargamente.
Yo estaba sorprendido porque aún no había dicho ni una palabra.
-Gracias yo tampoco a ti te guardáre siempre en mi memoria y en mi corazón, para mí esto ha sído único- mis palabras me sabían a azufre mientras salían de mis labios.
Por primera vez yo tome la iniciativa la abracé y la besé, fue muy húmedo y dulce a la vez que amargo y triste.
-Gunther, nos tenemos que ir salimos en una hora hacia Don- fue una de las pocas veces que Hans hablo con completa seriedad.
Separamos nuestro labios y cabizbajo subí al Benz.
-¡Gunther!- grito Ekaterina –Eres fuerte, seguro que vuelves sano y salvo a casa- dijo con ternura mientras me daba otro beso pero este era más intenso más alegre y lleno de esperanza, más dulce.
Después de lo que a mi parecer fue un momento que sería imposible de medirlo con algo tan mundano con el tiempo se separaron nuestros labios y nos miramos, ella sonrió y yo también entonces, le dije Hans que arrancara. No deje de despedirme hasta levantando y agitando la mano hasta que su bella figura se perdió en el horizonte. Entonces una tormenta de sentimientos despertó en mi he hice algo que yo no recordaba que hubiera hecho en mucho tiempo: llorar.
Al rato se me pasó al pensar en su tierna sonrisa, llegamos en ese momento al campamento donde en una pista de aterrizaje improvisada donde Hans y yo subimos al avión que nos esperaba para llevarnos al Don donde me esperaba el trayecto hacia ese reto que era Stalingrado, pero durante el vuelo volví ha recordar su sonrisa esa dulce sonrisa que había despertado mi sentimientos que creía olvidados y perdidos en algún lugar de mí mente.
Esa sonrisa hizo despertar mi parte humana que la guerra había anestesiado por completo y juré, que no volvería a perder esa parte de mi gracias a y por Ekaterina.




La fría lluvia de Montmartre

La lluvia caía tan intensamente sobre París que las empinadas calles de Montmartre se habían convertido en caudalosos riachuelos que transportaban la mugre de los bohemios a la gente de la alta sociedad ,hasta las ratas se habían escondido de tal aguacero ,aunque las prostitutas se mantenían firmes en aquella calle ,bajo el fuerte temporal y el afilado frío que les traspasaba las pequeñas telas que utilizaban como vestido. No todas podían permitirse resguardarse de aquella tormenta , pues entraban en conflicto por los territorios y eso era lo último que querían ,más peleas en plena calle. Zazie , no podía gozar de cobijo , ya que invadía el dominio de una de sus “compañeras”, así que tenía que conformarse en aguantar bajo la lluvia , la cual estaba empezando a convertirse en dagas que se incrustaban en su pálida piel. Todas en aquel barrio tenían un seudónimo , ya que querían preservar algo tan íntimo como era su nombre .La pálida piel de Zazie daba nombre a su seudónimo Coco , como el color de dicho fruto o bien por la delicadeza de sus movimientos , como los de la joven modista que había saltado a la fama , Coco Chanel.

Coco , estaba a la espera de algún cliente que pudiera cubrir el alquiler de una insignificante buhardilla que compartía con Juliette , una joven camarera que trabajaba en un típico bistró parisino , donde servían los mejores cafés de la capital. En este humilde recinto , llegaba gente de diferente talante , desde la más sofisticada señorita hasta el más soez de los seres.

Juliette y Zazie , no se veían apenas , pues mientras una era criatura noctámbula , la otra lo era diurna. Juliette veía abrirse el barrio bohemio de Montmartre con los primeros rayos de sol ; se dirigía hacia su lugar de trabajo con una vieja bicicleta de segunda mano que adquirió en los puestos de antiguallas ;vestía un coqueto delantal y su mejor sonrisa , y se disponía a servir a la camarilla de clientes habituales que gozaban de ese ambiente alternativo y desenfadado que caracterizaba este lugar .

Montmartre , se distinguía por ser el corazón artístico de París , sin este , París no sería el mismo , al igual que un pintor sin su pincel o como un escritor sin su pluma . Juliette disfrutaba de este barrio , donde era habitual encontrar al joven violinista que se situaba en la esquina de la place du Tertre ; alegraba los oídos no muy exigentes de los deambulantes de la ciudad , que arrojaban unas cuantas monedas a un elegante sombrero de copa , que él había dispuesto a sus pies . Al lado del joven violinista , se divisaba un hombre de apariencia senil pero de espíritu joven que recitaba con mucho empeño , unos cuantos poemas fruto de sus pasadas experiencias . Esta pintoresca atmósfera distaba mucho del centro de París , donde se encontraban las famosas boutiques llenas de parisinas ansiosas por ir a la moda , barberías colmadas de hombres que querían asear su aspecto y pintores que pintaban una ciudad preciosa como era aquella .

Mientras Juliette exprimía todo esto al máximo , Zazie podía sentir el amargo Montmartre del que ella , ya formaba parte . Las calles se llenaban de borrachos , metidos en este oficio para soportar el frío clima de la ciudad , en todas las esquinas , se encontraban señoritas de compañía , que vendían su cuerpo y en cierto modo su alma , por unas tristes monedas con las que sobrevivían en este desgraciado mundo . Entre ellas , encontramos a Coco , allí , con la mirada perdida otra noche más , esperando a algún varón necesitado de placer carnal y con el bolsillo tan lleno , como para estar dispuesto a pagar por dicho placer .Pero esa noche , los planes de Coco , iban a ser distintos pues un hombre de no muy entrada edad se acercaba hacia ella con un paso ligero , y con una ajada maleta en su mano . Aquel hombre se dispuso a hablar :
-Buenas noches señorita ¿No hace una noche espléndida?
Ella muy extrañada por sus palabras contestó:
-Si a ti te lo parece .
Él algo sobresaltado replicó:
-¿Es que es usted ciega?La noche es perfecta.

-Hace tiempo que dejé de ver este lugar como lugar , quiero decir como espacio en sí , ahora es simplemente una condena para mí , aquí me paso las amargas noches.
-¿Cómo amargas? A mí me parece la más dulce de las noches .

-Mira , no tengo tiempo para tonterías .Si ha venido aquí , entiendo que eres como uno de esos pobres desgraciados , que vienen aquí a por un poco de eso.

-¿Un poco de eso?

-Mi paciencia se ha agotado .Estoy trabajando .Lárgate.
Él muy ofendido dijo :
-Señorita , soy pintor .He venido a este lugar , a pintar sus calles y sus gentes .

-Ah , uno de esos que os hacéis llamar artistas , pero en realidad sois más pobres que las ratas.

-Puede que ande escaso en bienes materiales , pero no en espíritu créeme .¿Y qué hay de ti? ¿Eres una de esas mujeres de compañía?

-Si , ese es mi oficio.

Estuvieron charlando toda la noche , fueron transparentes el uno con el otro a pesar de acabar de conocerse .Pero esa es la magia de París , dónde todas las personas que van sin rumbo , pueden encontrarlo en una milésima de segundo.

Zazie , llegó a casa algo aturdida .¿Es posible que se hubiera enamorado de un pintor? Esto le atormentaba , su oficio no le permitía tal lujo como era el amor. Mientras Zazie intentaba dormir , Juliette , se disponía a seguir con su rutina .Ese día entre todo el alboroto de la cafetería , divisó una pareja de no muy entrada edad . Una mujer con un aire enigmático , miraba indecisa la carta de los postres , mientras con los dedos de sus peculiares manos , se acariciaba las puntas de sus no muy largos cabellos , el hombre que había junto a ella ,sin embargo , tenía un aire más relajado e informal , que se desempañaba bruscamente los cristales de sus elegantes gafas.

-Bueno , después de haber ojeado y reojeado la carta de los postres , ¿Por cual te decantarás?

-Supongo que unas natillas .Soy de talante sofisticado pero de elecciones simples.

-Si , bueno yo pensaba que pedirías algo más exquisito , pero no todos los que chiflan son arrieros .

-Oh Dios , algún día vas a matarme con tanto refrán , vas a parecerte a Sancho Panza .

-Vaya , veo que quieres entrar en campo de tinta y papel .

Esta escena trasladó a Juliette a las tardes hablando de libros y literatura con un escritor del que aún estaba enamorada , recordó las largas conversaciones y profundas preguntas que él le formulaba , pues los escritores son unos curiosos , son mentes inquietas , que no viven la vida real , sino en su mundo paralelo dónde las palabras son sus más fieles amigas.

Cuando Juliette volvió a casa , encontró a un individuo desconocido que le dijo que estaba a la espera de la señorita Zazie .Ella asombrada , pues ningún hombre había intentado acceder al frágil corazón de la muchacha , le hizo saber a Zazie , quien la aguardaba . Zazie se acicaló tanto , que parecía una frágil muñeca de porcelana : Su pelo tan oscuro como la noche , lo llevaba suelto , libre , su tez pálida se veía adornada por dos pinceladas verdosas como ojos , lucía un vestido color turquesa que hacía resaltar su porte y en su mano derecha , llevaba un viejo reloj , pues el tiempo es el bien más valioso se decía a si misma.

Una vez los dos reunidos , esta última afirmación dejó de cobrar sentido , ya que el tiempo se le escapaba de las manos estando junto al pintor . Pasearon por todo París , él agarrándola de la cintura y ella dejándose agarrar , era una escena tan dulce , que parecía que se hubieran escapado de una película francesa de amor. El pintor , la llevó a un diminuto estudio que había alquilado para efectuar sus obras. Allí le propuso la idea de pintarla , ella tras titubear un poco , accedió. Él , la miraba con tal dulzura , que hacía que la pálida piel de Zazie se erizara . Al finalizar el retrato, se lo regaló a Zazie , quería que cada vez que mirará el cuadro , recordará aquella tarde con tanto aprecio , que un escalofrío le recorriese su delgado cuerpo.

-Supongo que te vas.

-Estaría engañando a mi ser si no lo hiciera , ya sabes que no puedo permanecer demasiado tiempo en un lugar , caería en la más terrible de las pesadillas , la rutina.

-¿Qué hay de malo en la rutina? Yo me he enamorado de ti.

-La rutina , mata al artista . ¿Comprendes?Yo también me he enamorado de ti Zazie , pero no puedo detenerme , mi amor por la pintura , es el amor más grande que he sentido nunca .Debo seguir , viajar , pintar , mostrarle al mundo que la pintura es la forma de mostrar una realidad plasmada en una imagen .

-Lo comprendo. Buen viaje Pablo.

Esto , la mató , la dejó rota , sin palabras , con la voz quebrada . Un amargo silencio inundó la calle , ella se encontraba con el cuadro en su mano , al borde del sollozo y con tal mal cuerpo que había decidido escribir sus penas , encontró la vía de escape , las palabras ; a través de éstas , expresaba el dolor y la angustia que ella sentía , comprendió que él no volvería , pero tenía algo mejor , una parte de él , su pintura , colgada en la triste pared de la buhardilla que se caía a pedazos por momentos.

Y así Zazie continuó su vida La vida no se para por nada ni por nadie . . La verdad es que nunca volvió a enamorarse , para ella , no hubo nadie como Pablo . Es curioso cuando Juliette le decía que ésto era París, donde los finales tristes son imposibles , y ella siempre le contestaba que esto era la vida real y que la realidad atrapa a todos . Pero algo de razón tenía Juliette , pues Zazie no tuvo un final triste , más bien fue nostálgico , ella era feliz mirando su retrato y así en cierto modo recordaba a su amado, , pero a veces la nostalgia se apoderaba de ella y el llanto salía a la luz.

Como cada noche ,Coco,regresaba a su lugar ,esa noche volvia a llover intensamente ,como aquella noche, sus pensamientos y sentimientos volaron una vez más a aquellos s momentos .De repente perdió el equilibrio,se agarró fuertemente a la farola , algo se había enredado en sus afilados tacones.¿, qué era aquello?,un periódico mojado .Se agachó para deshacerse de él, y entonces lo vió ,era él ,Pablo ,decían de él que era un genio,
Le pareció entrever entre la tinta y pintura borrosa por el agua que el retrato era ella ,¡ella misma ¡,con aquella sonrisa ,que ella le regaló aquel dia en que fue tan feliz, y lo era de nuevo.

Gema Doménech
1r Batxillerat


¿18 años?


¡Qué guapos están todos! Hay gente incluso que se ha comprado la ropa solo para esta ocasión. Hay otra gente que ni siquiera conozco. ¿Qué hacen ellos aquí? Supongo que de repente me he hecho importante. Es muy gracioso porque la mayoría han venido con gafas de sol, mis padres, mis amigas... ¡Con tantas gafas esto parece una reunión de ciegos! Se que no debería bromear sobre esto pero a estas alturas es lo único que puedo hacer. Durante estos días he recordado muchas cosas sobre mi vida, sobre todo las pequeñas cosas que al final te convierten en lo que realmente eres. Me ha venido a la memoria la frase que siempre decía mi madre: “Estas todo el día tumbada, a ver si algún día te levantas y haces algo de provecho”, que sabias palabras mamá y que irónicas, debí de haber hecho caso cuando pude. Me habría gustado hacer muchísimas cosas, saber lo que es estar en la universidad, ir a mi primer día en el trabajo... Supongo que todo eso ya se acabó...

Mamá no llores! Por favor no llores que sino yo también lloraré... ¿Mamá como te has podido sentar tan lejos de mi? Desde la esquina donde te has sentado apenas puedo verte, ¿o es que tu no quieres verme a mi? Mamá sigues llorando y no lo entiendo porque no te deben quedar lágrimas en el cuerpo. Sé que no te gusta verme en esta situación pero no es nada extraño. Papá se lo ha tomado un poco mejor aunque también esta triste. ¿Porqué todo el mundo está triste? Hoy es mi día deberían estar todos alegres y sonriéndome a cambio de eso recibo malas caras y lágrimas. ¿Papá porque no me contestas? Tu siempre me das buenos consejos. ¿Es porque aún estas enfadado porque no recogí mi cuarto?No... No creo que sea eso tu serías incapaz de enfadarte conmigo más de diez minutos. Siempre peleábamos , yo te chillaba, tu me chillabas pero al final siempre acabábamos haciendo las paces.

Volviendo a la realidad, acabo de ver una foto enorme mía en lo alto. ¡Es increíble! Esa es mi foto preferida y ahora hay un poster enorme con ella, ¡que bonito! Aunque hoy también estoy para que me hagan una foto. Me he pasado horas y horas con esa chica tan simpática. Me gustaría haberle dicho que se ha pasado poniéndome colorete y que los ojos no me los suelo pintar así pero al final ha quedado muy bien y realmente parezco otra persona. Nadie parece notarlo porque se que a la gente le gustaba más cuando no iba maquillada.

Mis amigas en cambio no pensaban igual.Para ellas lo importante es ponerte capas y capas de pintura. Yo siempre me reía y les decía que parecían momias. Supongo que ahora a mis amigas les hubiese dado igual si estoy pintada o no. Pensar en ellas me ha recordado aquel día.¡ Qué triste para todos ! y mira que se suponía que iba a ser uno de los mejores días de nuestra vida. Ellas solo querían pasar una noche inolvidable, bailar, pasarlo bien y olvidarse por un instante de las obligaciones que tenemos durante todo el año. Demasiadas cosas pedían ellas, aunque reconozco que yo también estaba emocionada y que nunca pensé que esto iba a acabar tan mal. Ahora ellas se sienten culpables. Sus conciencias no están tranquilas. Incluso desde aquí se puede ver que todas están nerviosas y miran a la mas mayor de todas, que aún me mira como si no acabara de creérselo.

El hombre con la bata blanca acaba de callar y todo el mundo se pone en pie para escuchar a mi hermana hablar. ¿Qué dirá? No lo sé... Pero ella solía hablar muy bien, siempre unía las palabras con tanta gracia que todo el mundo se quedaba embobado oyéndola. Eso era justo lo que estaba pasando ahora pero querida hermanita hoy no vas a tener grandes aplausos ni ovaciones, sé que eso te hubiera gustado al igual que a mí pero hoy la gente esta empeñada en estar triste.

Voy a intentar recordar todo lo que pasó aquel sábado por la noche, aquí todo parece más razonable, más sincero, más agradable. Salí de casa con el vestido mas corto que he visto en mi vida y con unos tacones mas altos que los de Miley Cyrus. Mis amigas y yo pensábamos ir a la discoteca mas grande de la ciudad a disfrutar que la semana que viene cumpliría los 18 años y ya todas seríamos mayores de edad. Pensábamos que nuestro mundo cambiaría de un día a otro, ¡qué ilusas! Nada cambia tan pronto, seguíamos siendo las mismas niñas de siempre pero con vestidos cortos. Conseguimos entrar a la discoteca aunque el portero no se creía que eramos mayores. Una vez dentro decidimos disfrutar de todas las nuevas libertades y empezamos con un Martini, a esto le siguió un vodka, después dos rones con coca cola. Mi cabeza me avisaba que pronto iba a estallar pero como cuando tu coche se va quedando sin gasolina siempre confías en que aún puede hacer unos kilómetros más y así poco a poco el coche se fue parando y dando golpes contra todo lo que se le ponía delante. ¿Sabéis la expresión ésta de siniestro total? Pues yo acabé así o peor. Si, ahora lo recuerdo todo mas claramente.

Lo hecho, hecho está y en la vida no puedes cambiar nada por mucho que lo intentes. Antes he dicho que nada cambia de la noche a la mañana, me he equivocado. Hay una cosa que perturba el sueño a mucha gente, a mí ya no, por suerte o por desgracia.

El hombre de la bata blanca se ha levantado hace una cruz en el aire y pronuncia despacio, muy despacio “ Descanse en paz”. Fue ahí, justo ahí cuando empezaron y acabaron mis 18 años.

Alba Seguí Pérez
Cotes Baixes, Alcoy
4A

La boda

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Susana se levantó muy temprano aquella mañana. Apenas había pegado ojo en toda la noche. De hecho, desde que unas pocas semanas atrás había recibido la terrible noticia de la boda de Andrés -¡el hombre de su vida!-, con una presumida niñata de la alta sociedad, sentimientos contradictorios se agolpaban en su interior y le impedían pensar fríamente. Mil dudas la asaltaron durante ese tiempo: ¿lo haría antes o después de la boda? ¿o durante la boda? ¿lo haría abatiéndolos a tiros en el lecho nupcial, simulando un accidente de coche o envenenando los bollos del buffet-desayuno del hotel en su luna de miel? No conseguía decidirse.
No entendía porque terminó lo suyo, aunque no era de la clase alta ni tenía mucho dinero, Susana era atractiva, morena con unos rizos perfectamente definidos, ojos verdes en los que uno mismo se podía ver reflejado, no era ni alta ni baja, con las curvas de guitarra de la típica mujer española. Destacaba por su simpatía y su encanto a la hora de hablar, era impulsiva y un poco rencorosa, triunfadora en su trabajo, independiente y muy inteligente, y por supuesto seguía enamorada de Andrés.
Pese a todo, hizo de tripas corazón, se levantó muy temprano, preparó el vestido que pensaba lucir, lo colgó en una percha, lo introdujo en su funda, guardó en la bolsa de viaje los zapatos y complementos que su puesta en escena iba a requerir y, vestida con vaqueros, camiseta y zapatillas deportivas, bajó a la calle y arrancó su coche rumbo a Jaén.
-“Por si fuera poco, la pija se ha empeñado en celebrar la boda en el cortijo de su papá, allá por los cerros de Úbeda”, pensaba Susana mientras atravesaba el monótono paisaje manchego a la máxima velocidad de su antiguo Ford Fiesta.
Tras varias horas de viaje e innumerables paradas en bares y gasolineras para descifrar, con ayuda de los lugareños, el críptico mapa que la invitación de boda adjuntaba, embocó finalmente en una amplia pista de asfalto, dominada en sus flancos por dos grandes tinajas pintadas de negro en las que una inscripción prometía: “Finca Oriol”.
-¡Dios santo! –exclamó. Ya estoy aquí. No puede ser. Y tan pronto. Y, además, tengo que encontrar un sitio donde cambiarme y pintarme.
Volvió a la carretera, retrocedió algunos kilómetros y tomó un semioculto desvío del que partía un estrecho camino de tierra. Al cabo de varios minutos de constantes traqueteos y tras esquivar la mayor parte de los pedruscos que salpicaban la ruta, detuvo el coche bajo un enorme pino rodeado de espinosos arbustos y de muchos otros pinos más pequeños. Le pareció un lugar ideal para descansar un rato. Faltaban casi dos horas para la boda y le convenía tranquilizarse un poco para pensar en el modo de controlar el impulso que, con toda seguridad, iba a hacer que se abalanzase sobre esa maldita usurpadora para arañarla hasta en el interior de los párpados.
Esto es lo que haría: descansaría, recordaría lo mucho que Andrés había supuesto para ella, y lo mucho que lo había amado. Se concentraría en que, a pesar de lo desgraciada que se sentía por el terrible acontecimiento que se avecinaba, lo realmente importante para ella tenía que ser la felicidad de aquel muchacho, cuyo único pecado era no haber sabido escoger la mujer con la que casarse. Pero ella lo quería y, por tanto, lo perdonaría. Aunque, por supuesto, a esa arpía no pensaba perdonarla.
En cualquier caso, puesto que había decidido aceptar la invitación y ya se encontraba en aquel maldito lugar, ahora tenía que dedicar sus esfuerzos a cargarse de energía positiva. Más tarde se pondría ese bonito vestido color canela que tan bien le sienta e iría a la boda de su mejor amigo a comportarse como una auténtica dama.


También Ramón había madrugado aquel día. Isabel, su hermanita querida, iba a contraer matrimonio dentro de pocas horas con Andrés, ese abogado tan apuesto y tan listo que, probablemente, le sería de gran ayuda si papá cumplía su amenaza de abandonar por completo los negocios; idea que ya había expresado recientemente en diversas ocasiones y que, desde que Ramón la escuchara por vez primera, había inundado su mente con espantosas imágenes: escándalos con enfadados accionistas deseando lincharlo; empresas en quiebra con enfadados obreros deseando lincharlo; deudas incalculables con enfadados acreedores deseando lincharlo; en definitiva, el liderazgo de Ramón iba a suponer, sin duda alguna, la ruina de la familia, cuyos miembros montarían en cólera y, sin duda, acabarían linchándolo.
Por que sí, porque él sabía que iba a ser la ruina de la familia en caso de que su padre mantuviera su empeño de que él se ocupara de los negocios familiares. Pensaba que, si su padre era capaz siquiera de pensar que sus empresas estarían a salvo en manos de un completo inepto como él, es que no era tan listo como se podría pensar por la fortuna que había amasado.
Así que, aquella mañana, tras una atormentada noche repleta de sueños y linchamientos, tan sólo la visión de la dulce Isabel, allí, en la terraza, frente a él, tomando su último desayuno de soltera, aliviaba ligeramente esa sensación que su pecho soportaba sin cesar las últimas semanas. Y aquella mañana, su deliciosa hermanita estaba aún más radiante que de costumbre, si es que eso era posible.
Esa mañana, tal y como venía observando desde hacía unas semanas, la dulce Isabel mostraba un excelente apetito y tomaba en su desayuno doble ración de todo. Por cierto, ahora que pensaba en ello, también en almuerzos y cenas solía repetir; tal vez eso explicaba algo en lo que también había reparado recientemente, aunque por supuesto, no había comentado; que la graciosa tripita de su hermana estaba experimentando un ligero cambio para convertirse en algo más difícilmente definible, salvo que Ramón se permitiera la vulgaridad de pensar que Isabel estaba engordando, claro.
Cuando, acabado el desayuno, abandonó la mesa para dirigirse a su estudio, observó que a su alrededor comenzaba a invadir la casa un tremendo ajetreo, lógico desde todo punto de vista, puesto que se estaba preparando una fiesta. Decidió que lo más oportuno era desaparecer cuanto antes para volver lo más tarde posible.
Un cuarto de hora después llegaba a la finca al trote Capitán, su más fiel compañero; un precioso caballo que su padre le había regalado el día de su decimoquinto cumpleaños. Recordó que, por aquel entonces, su aspecto era sólo el de un canijo potrillo gris.
Inmerso en estos pensamientos cabalgó durante un buen rato. Luego descabalgó, caminó junto a Capitán y, buscando desahogo, le habló; le contó sus preocupaciones, su terrible incapacidad para tomar decisiones, su inmenso terror ante los linchamientos, su completo desinterés por la empresa Oriol.
Le confesó también sus anhelos por encontrar una buena chica y fugarse con ella a vivir en una casita junto a un lago; y cantar y bailar, y reír y charlar abrazados junto al fuego; y tener un huerto donde cultivar sus propias verduras y hortalizas para comérselas; y criar sus propios pollos y cerdos; y a sus propios hijos e hijas para darles de comer verduras y hortalizas, pollos y cerdos. Y habló con Capitán de todo eso y, por supuesto, el caballo no hizo comentarios.
Harto de su monólogo, y de nuevo con esa terrible presión en su pecho, decidió tumbarse un rato en su rincón favorito: un pequeño claro rodeado de zarzas, junto a un riachuelo, a la sombra de un frondoso pino. Rodeado de hierba verde y fresca, se podía escuchar el sonido del agua al pasar. A lo lejos se apreciaban unas bajas montañas, y justo en su cabeza, en lo alto del pino, los pajaritos cantaban de forma alegre. Se apreciaba el olor de la diversidad de flores, plantas y árboles de aquel lugar. Precisamente las zarzas le impedían ver que, al otro lado del pino, en su Ford Fiesta blanco, Susana soñaba con Andrés.
Susana soñaba que Andrés se dirigía hacia ella a lomos de un corcel, y cuando el caballo se había acercado lo suficiente y se detuvo junto a ella, Susana vio a Isabel montada en su anca.
En su inquieto sueño vio a Isabel aferrarse al torso de Andrés con su brazo derecho mientras con la otra mano revolvía sus cabellos. La vio dirigir lascivas miradas a la hermosa y resplandeciente nuca de su amado. De repente, Isabel la miró con una mueca burlona y se rió, con lo que Susana interpretó como una risa de mucha maldad.
Entonces Susana se despertó sobresaltada y de muy mal humor. Miró el reloj, era hora de arreglarse. Salió del coche, comprobó que bajo el pino y junto a aquellos arbustos estaría a salvo de miradas indiscretas y decidió montar su set de vestuario y maquillaje en ese preciso lugar.
Al otro lado de los matorrales, Ramón, absorto, perdido en sus propios pensamientos y el sonido de las aguas del arroyo cercano, permanecía tumbado, ajeno a la exaltada actividad que Susana realizaba a escasos metros de distancia. También miró su reloj y decidió que tenía que volver a casa.
Al levantarse sintió los efectos que el trote de Capitán y el contenido de su cantimplora habían provocado en su aparato excretor. Salió de su escondrijo y rodeó la zarza para realizar la expulsión en un lugar más apropiado que la hierba sobre la que suele dormir la siesta.
De pronto escuchó un sordo murmullo que provenía de algún lugar un poco más allá, a su izquierda. Sin soltar lo que sujetaba con su mano derecha, pero cuidando de no salpicar sus botas de montar, caminó con sigilo lateralmente para encontrarse, bruscamente, ante una mujer vuelta de espaldas, y, al parecer, completamente desnuda.
Por su parte, a los oídos de Susana llegaba un extraño susurro que su imaginación interpretó como el inquietante caminar de un animal salvaje, mezclado con un chapoteo que no acertaba a identificar. Se dio la vuelta terriblemente asustada.
Las miradas de ambos se cruzaron breves instantes. Susana, avergonzada en su desnudez, intentó ocultarla con sus brazos. Encogió su cuerpo bruscamente. Dirigió la vista hacia el suelo, donde observó un pequeño charco sobre el que aún caían las últimas gotitas que un estupefacto Ramón parecía ignorar por completo. Luego, miró un poco más arriba y sus ojos se abrieron en un gesto de horror. Tras varios segundos de muda contemplación, gritó.
Mientras, Ramón, obedeciendo a un irracional impulso, se había llevado las manos a la cara con la esperanza de que todo fuese un mal sueño, de que su subconsciente le estuviese jugando una mala pasada y que, cuando volviera a mirar, aquella mujer habría desaparecido de allí.
Cuando apartó las manos y volvió a verla allí, deseó que la tierra se lo tragase. La extraña no paraba de chillar. Ramón recordó entonces que aún no había guardado su miembro. Se apresuró a hacerlo.
Al tiempo, Susana, que había cerrado los ojos para inhibirse de la muestra de virilidad que estaba ante ella, intentaba alcanzar cualquier cosa con la que cubrir su cuerpo desnudo. Finalmente optó por introducirse en el coche de un salto, cerrarlo a cal y canto y esperar que Ramón huyera despavorido, que es exactamente lo que ocurrió.



La ceremonia estaba resultando un éxito completo, o al menos eso era lo que Isabel pensaba, confortablemente sentada en el interior de la ermita. El bonito edificio era demasiado pequeño para acoger a todos los invitados, por lo que muchos se habían visto obligados a permanecer en el exterior, donde soportaban como podían los casi cuarenta grados que a esas horas azotaban aquellos campos andaluces.
Por fortuna, papá Oriol había hecho instalar junto a la ermita un gran toldo blanco, donde los que no habían conseguido un hueco en el fresco recinto escuchaban a todo volumen la voz del cura, que llegaba hasta ellos mediante un potente sistema de amplificación de sonido. En opinión de la mayoría, que intentaban protegerse como podían del impresionante volumen, la instalación de aquellos enormes altavoces había sido un gasto completamente innecesario.
Pero nada de eso importaba a Isabel en esos momentos tan trascendentales; en pie, frente al altar, con el más sereno gesto, lo que realmente ocupaba sus pensamientos era que aquella mañana había tenido que realizar increíbles esfuerzos para ajustarse el corsé, de forma que su ya más que incipiente barriguita pasara inadvertida bajo el vestido de novia.
Y es que, últimamente, Isabel se preocupaba porque Andrés sabía sumar, y también debía saber que los embarazos suelen durar nueve meses, y, aunque ni ella misma era capaz de determinar la fecha concreta, ni siquiera la persona concreta, si el niño salía con coleta y pendiente y le gustaban el rock, entonces posiblemente Andrés podría llegar a sospechar que su hijo podría no ser su hijo. Porque a Isabel le preocupaba que el causante de su embarazo era, casi con toda seguridad, Curro, el mejor amigo de Ernesto, su hermano vividor.
Pero ella no quería que nada de eso se interpusiera en estos momentos, empeñada en que fuesen de plena satisfacción para todos, incluido Andrés. Porque ella quería a Andrés, y porque, además, su padre había dicho que era un joven muy prometedor; en cambio, Curro era un vividor, además de un drogadicto, y aunque fuera un guaperas y siempre supiera hacerla reír tanto, ella se casaba con Andrés; porque eso era sin duda lo mejor, lo más conveniente para ella y para su hijo, fuese de quien fuese.
Y la ceremonia concluyó, como siempre en estos casos, con lluvia de arroz para los novios, intensas muestras de júbilo y una cierta sensación de alivio por parte de los invitados, sobre todo los que habían asistido desde el exterior.
Mientras caminaba del brazo de Andrés a lo largo del agradable camino de hierba que separa la ermita del jardín trasero de la casa, donde iba a tener lugar la fiesta, creyó por fin haber ahuyentado de su mente los fantasmas que la acosaban. No obstante, su rostro denotaba una cierta ansiedad que no pasó inadvertida a su reciente marido. Ante la observación que Andrés, ella se limitó a mostrar esa encantadora sonrisa suya, fruto de la más exquisita educación, y ejercer una presión sobre su brazo, inclinándose sobre él hasta apoyar la cabeza en su hombro. Tras ellos, familiares y amigos acogieron el gesto con sonrisas e intercambiaron miradas de complicidad: era la muestra evidente del amor de la pareja.



Susana, sin embargo, no gozaba de la fiesta. Mezclada entre los invitados, más concretamente entre los del toldo exterior, no había conseguido olvidar el desagradable incidente de la mañana, que no hizo sino empeorar su malhumor.
El espectáculo a su alrededor era grandioso: una gigantesca carpa, provista de un potente sistema de refrigeración, había sido instalada en la parte trasera de la casa ocupando el amplio jardín, donde centenares de personas deambulaban entre las grandes mesas repletas de los más exquisitos manjares.
Susana había llegado muy tarde y el ambiente le parecía insoportable. Tan sólo conocía a Andrés y a sus padres, por lo que se propuso saludarlos lo antes posible, emborracharse lo antes posible y abandonar lo antes posible aquel horrendo lugar para refugiarse a llorar en el primer hotel que encontrase junto a la carretera.
Buscó a Andrés entre la muchedumbre. Finalmente lo vio junto a una mesa, al otro lado de la piscina: conversaba con un hombre alto cuyo rostro, de lejos, le resultó vagamente familiar. Se dirigió hacia ellos rápidamente y, al acercarse, observó algo que renovó en ella sentimientos casi olvidados: a pocos metros de los dos hombres estaba Isabel, de espaldas a ellos, charlando divertida con un joven de aspecto informal. El largo velo de su vestido se extendía sobre el césped, y uno de sus extremos asomaba ligeramente bajo la mesa, junto a los pies de Andrés. Entonces Susana tuvo una idea brillante.
Llegó junto a Andrés y al desconocido y, con extraordinaria habilidad se colocó junto a la mesa, de espaldas a Isabel. Con los dos pies pisó firmemente el velo y decidió esperar la catástrofe. Al fin ella iba a gozar de la fiesta. Ajena a esto, Isabel escuchaba los halagos que Curro le hacía.
Andrés, tan simpático y educado como siempre, la saludó y le presentó al hermano mayor de su nueva esposa, Ramón. Al estrechar la mano de aquel hombre, un ligero estremecimiento la sobrecogió; estaba segura: ella lo conocía. Su rostro dibujó una tímida sonrisa.
Ramón tuvo una sensación parecida. Había asistido a la ceremonia con actitud ausente; tampoco él conseguía olvidar el curioso percance de aquella mañana, y recordaba con ternura a la hermosa joven con la que lo había compartido. Ahora, al ver allí a Susana, las imágenes de aquel encuentro lo volvieron a asaltar y, unió la maquillada cara de esta mujer con el cuerpo desnudo de la mañana. Comprobó que coincidían a la perfección.
La expresión de cara de él unida al rubor que la invadió, dieron a Susana la pista definitiva para llegar a la misma conclusión. Sus piernas empezaron a temblar descontroladamente y Susana supo que, en cualquier momento, caería al suelo inconsciente.
Pero no iba a ser así, porque en ese preciso instante, detrás de ella, Curro intentaba convencer a Isabel para que lo acompañase a la casa; ante la resistencia de la recién casada, el joven dio un fuerte tirón de su brazo para arrastrarla consigo. El velo, firmemente cogido al cabello de la novia y también firmemente pisado en su otro extremo por los pies de Susana, provocó la caída de Isabel, de espaldas, sobre una mesa en la que se alineaban grandes bandejas de canapés y una multitud de vasos semivacíos.
Susana, que había olvidado tanto a Isabel como al velo, sintió que el suelo retrocedía bajo sus pies y perdió el equilibrio. Al desplomarse se abalanzó sobre Ramón adelantando sus brazos para buscar un punto donde cogerse y evitar la vergonzosa caída.
Finalmente se agarró a sus pantalones, que cedieron ante el peso de Susana y resbalaron a lo largo de sus piernas mientras arrastraban su ropa interior y dejaban sus vergüenzas claramente expuestas al aire.
Susana, en su caída, quedó arrodillada a los pies de Ramón, con la cara pegada a su desnuda entrepierna. Esta nueva perspectiva disipó todas sus dudas acerca de la identidad de aquel hombre; evidentemente se trataba del mismo individuo que, horas antes, la había sorprendido tanto.
Los atónitos asistentes contemplaron la escena con una extraña mezcla de sonrojo y alboroto: Isabel, tendida sobre una mesa, pataleaba violentamente intentando levantarse rodeada de vidrios rotos y con innumerables canapés adheridos a su bonito vestido. A escasos metros, una desconocida permanecía de rodillas abrazada a las piernas de Ramón, el hermano de la novia, con el rostro hundido en su más profunda intimidad.
Tras unos terribles instantes, Susana logró recomponer su figura mientras Ramón se esforzaba por ocultar sus aireadas interioridades.
Avergonzada, corrió en busca de su coche para alejarse de aquel terrible espectáculo.
Ramón, por su parte, se refugió en los establos, donde relató a Capitán todo lo sucedido sin omitir detalle.
Isabel, una vez recuperada, agradeció la sólida estructura de su corsé, pues sólo eso evitó que una multitud de cristales se incrustaran en su delicada espalda.



Dicen que, aún hoy, Ramón continúa buscando sin cesar a aquella mujer a la que el destino había intentado ligar de forma tan curiosa.
Del paradero de Susana nada se sabe; vendió la tintorería que había heredado a la muerte de sus padres y se cree que huyó a la sierra, donde vive en soledad con un enorme perro especialmente adiestrado para alertarla de la improbable presencia de seres humanos, más concretamente de hombres, por aquellos parajes.
Isabel dio a luz, seis meses más tarde, a un hermoso niño, que nació casi sin pelo y sigue sin saber la identidad del padre.

FIN


Carolina Blanco
1Bat A