dimecres, 6 de maig del 2015

Enquesta jornades literàries 2015

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dijous, 23 d’abril del 2015

Historias sin final feliz


escritas por los alumn@s de Psicopedagogía del IES Cotes Baixes (2014-2015).

I.
Aquel día me levanté otra vez con magulladuras por todo el cuerpo, el amo ayer volvió a beber… recuerdo cómo, cuando ya yacía en el suelo, no paraba de darme patadas en las costillas y con una fusta de caballo me… ¡Basta! Moví la cabeza para olvidar el recuerdo, con mis piernas doloridas y la ayuda de mis brazos me levanté lentamente.
Ezra seguía durmiendo, le moví para despertarlo. Era mejor no llegar tarde si no queríamos sufrir de nuevo los terribles castigos que el gran hombre blanco daba. Cuando salimos nos encontramos con Scruffy, un perro que siempre olisqueaba en la puerta esperándonos. Nos seguía a todas partes. En verdad, ese perro desaliñado y Ezra era lo único que tenía. Mi familia murió cuando arrasaron mi tribu una mañana y ya no volví a ver a nadie conocido. Me quedaban vivos los recuerdos de esa mañana y cuando la noche anterior, antes de dormirme, mi madre me abrazó y me dio un beso en la frente. Si lo hubiera sabido hubiera reconocido entonces ese momento como único. Lo era.
Cuando llegamos al campo cogimos nuestro saco para meter el algodón y empezamos nuestro trabajo como todos los días. El amo llegó montado encima de una yegua blanca preciosa, bajó y vino hacia nosotros. Empezó a mirar los sacos para ver la cantidad que teníamos, reinaba el silencio, el más mínimo gesto de descontento o desafío era castigo severo, incluso pena de muerte. Cuando llegó cerca de un esclavo de unos 50 años y vio que su bolsa no contenía mucho algodón le pidió explicaciones. El hombre se excusó diciendo que sentía un dolor horrible en la vejiga, que casi no se podía mover y acto seguido estornudó, lo que hizo que un trozo de algodón saliera volando y cayera en tierra mojada. El amo se rio, le toco el hombro y dijo que no pasaba nada. Con la otra mano cogió el revólver y le pegó un tiro en la sien. Así, sin más. El cuerpo cayó desplomado. A continuación sacó su petaca, le pegó un trago y gritó: “Y vosotros, negros de mierda, no vais a parar hasta que caiga el sol, y se suspende el agua y comida hasta la noche”.
Cuando el sol más ardía sobre mi negra piel, cuando el calor y la sed eran más inaguantables, Ezra desesperado, vio como la yegua bebía de su bebedor, se giró a mí y dijo: “No te preocupes, el amo ahora estará durmiendo, voy a acercarme allí y beber, no puedo aguantar mucho más… hay una taza de metal en las escaleras, la llenare y te traeré agua aquí…” Le dije que estaba loco, que no lo hiciera, que si le pasaba algo me quedaría totalmente sola, le cogí la mano y le supliqué… él se giró, me miró a los ojos y simplemente dijo: “Nunca te voy a dejar sola”. Me secó la lágrima que me cayó con el dedo pulgar, me sonrió y se dirigió hacia el bebedero… No podía contener mis nervios, le seguía con la mirada a cada paso, vi que ya salía del campo de algodón, se arrastraba por delante del gran perro del amo, que ahora mismo dormía profundamente, hizo un último impulso y ahí estaba, en el bebedero… Metió directamente la cabeza dentro y bebió hasta que ya no pudo más, me reí inconscientemente, porque aquel niño siempre hacía lo que se proponía. Desde lejos le sonreí y él me devolvió la sonrisa contento. Cuando se dirigió a por el bote metálico, se dio cuenta de que estaba Scruffy con un palo en la boca, como siempre quería jugar… Ezra le dijo que no con la cabeza, pero el perro soltó el palo y se puso a ladrar. Él, atemorizado, volvió lo más deprisa que pudo pero una bala le atravesó el talón: cayó de bruces. Cuando llegó el amo lo cogió del pie herido y le tiró el alcohol de su petaca mientras con cara sádica le preguntaba si tenía más sed… lo llevo arrastrando a la cabaña de tortura. Scruffy seguía ladrando, lo que hizo que se llevara un tiro en la cabeza…
No me lo podía creer, me había dejado sola, lo había hecho, no podía dejar de llorar, me arrodillé y empecé a cogerme el pelo y a gritar. Cuando agotada paré, oí los gritos escalofriantes de Ezra, suplicando que parara, pidiendo que le matara, no podía quedarme ahí escuchando eso. Así que fui corriendo a la cabaña, vi un palo por el camino y lo cogí, entré y le di en la cabeza al amo con todas mis fuerzas. Cayó en el suelo inconsciente. Miré a Ezra, su cuerpo, lo que quedaba de él. Me di cuenta que era demasiado tarde, esos ojos marrones que tantas veces había visto, que tantas veces me habían sonreído… ahora estaban cerrados y sin vida.
Corrí y corrí todo lo que pude hasta que acabé agotada tumbada debajo de un árbol. Los siguientes días me los pasé totalmente escondida en ese árbol, solo salía para beber el agua de los charcos y coger bayas… Cuando una tarde estaba cogiendo bayas oí a unos caballos. Vi al amo montado en su yegua, acercándose. El primer pensamiento fue de rendición, ya está, se acabó, esperé a que una bala atravesara mi cuerpo, pero no pasó, eso era un regalo que no me haría.
Me tiraron al suelo y me ataron los pies y manos, me llevaron así hasta la cabaña, donde mi amo, me metió dentro de ella y me sentó donde poco antes había muerto Ezra. Todavía quedaban restos de su sangre… Me ató las manos y los pies, vi como cogía unos alicates y se acercaba a mis uñas, empezó a arrancármelas una a una. Yo no podía gritar más, era un dolor insoportable… Me marcó con un hierro al rojo vivo, como al ganado, me cortó, me pegó, me violó, me hizo todo lo que una mente enferma puede imaginar, y algunas cosas más… y cuando en unos de mis últimos esfuerzos levanté la cabeza y vi su cara le pedí por favor que me matara, se lo pedí a gritos, no tenía a nadie, no me quedaba nada… Mis últimos segundos de vida se los regalé a mi familia, a la sonrisa de mi madre, a mi tribu, a mis vecinos, a mi querido amigo y compañero, incluso pensé en Scruffy. Me despedí de este mundo con lágrimas… me fui como vine, desnuda, ensangrentada, llorando y sin nada que me atara a este mundo, frío y despiadado.

Historias sin final feliz (II)


El suelo en el que estoy sentada está frío. Apoyo las manos para levantarme pero alguien me detiene, no parece una buena ocasión para hacer esfuerzos. Mi percepción está algo alterada, miro a mi alrededor y me encuentro a gente que supongo que son mis amigos, aunque la idea de que la gente del suelo sea amiga mía no me agrada del todo. Intento inspeccionar el cuarto en el que estoy, es una habitación pequeña. Se oye el ruido de la calle que entra por el balcón. El ruido me molesta más de lo que debería, me duele la cabeza. ¿Qué me pasa? ¿Estoy enferma? Con las pocas fuerzas que tengo me levanto apoyándome en la pared áspera de ladrillo.
Doy un par de pasos, no sin tambalearme un poco, y veo a una chica apoyada en la pared, con la vista ida y que murmura algo que no consigo entender. Me mira, sonríe, pero no es una sonrisa real, sus ojos me muestran todo el dolor que siente en estos momentos. Mi primera reacción es compasión. La chica parece normal, o al menos lo era antes de que las drogas hubieran conseguido dejarla con una imagen distorsionada de la persona que en su día fue. Tiene los pómulos muy marcados. Sus ojeras muestran varias noches sin dormir, me pregunto que ha podido pasar para que una chica tan joven haya acabado de esta forma. Le sonrío y ella me sonríe, de nuevo, mecánicamente. Parece que necesita hablar con alguien así que me acerco más a ella y ella hace lo mismo. Sus ojos son marrones. Los miro más detenidamente y mi intuición es huir, dejar a la chica con sus problemas en ese pasillo. Buscar a la familia que espero tener todavía y pedirles ayuda. Pero la mirada de esa chica me dice sin palabras que detrás hay un alma que quiere salir de ese cuerpo devastado en el que está encerrada. Un ruido me saca del trance en el que me he metido, parece que uno de mis compañeros ha puesto la televisión. Les pido que no hagan tanto ruido y el más alto se acerca a mí, me pone un brazo por encima de los hombros y me mira: es mi novio. Cuando vuelvo a mirar a la chica la veo con mi compañero. Estoy confusa, mi compañero sigue a mi lado. Así que la vuelvo a observar y es ahora cuando me doy cuenta de que lo que he estado mirando todo el rato no es otra cosa que mi reflejo. La ansiedad me consume ¿en qué me he convertido? ¿Siempre he sido así? Me falta la respiración, de golpe la habitación me parece demasiado pequeña. Miro a mi novio, él me mira y sonríe, parece feliz aunque la situación no parece real del todo. ¿Es todo esto un sueño?
A mi alrededor hay mucha más gente como yo. ¿Somos felices? No estoy segura. ¿Somos infelices? Tampoco lo sé. Me vuelvo a centrar en mí misma, los efectos de la heroína se me están pasando. Salgo a la calle. La ciudad brilla. Es de noche, creo que la última vez que salí a la calle también lo era. ¿Cuánto había estado en ese piso? Nunca lo sabría. El tiempo hace mucho tiempo que dejó de existir para mí. Tengo un rumbo fijado, las piernas me duelen aunque sigo caminando, no tengo dinero para un taxi y la casa de mis padres está lejos. Si me entretengo mucho se hará de día y mi padre ya se habrá ido a trabajar.
Cuando llego a casa me doy cuenta de lo cambiada que está. La casa de madera de Buster no está. ¿Habría muerto mi perro y no lo había sabido? Llamo a la puerta y mi madre abre vestida con una bata. Sus ojos al verme muestran alegría, pero no una alegría normal. La imagen de la Virgen María viendo a Jesús después de haber resucitado de la que tanto me habían hablado en el colegio se me viene a la cabeza. Deliro. Así es como creo que mi madre me mira, como si hubiera vuelto de la muerte para decirle que me quedaba para siempre junto a ella. Entré en casa y me senté en el sofá, vi las gafas de mi hermano sobre la mesa. Hacía mucho que no lo veía, ahora sería bastante mayor. Me había perdido, al menos, dos años de su vida.
Escuché la tos de mi padre detrás de mí. Es entonces cuando me vino una sensación de vacío. Supe que lo peor estaba por venir. No veía en los ojos de mi padre la alegría que en los de mi madre. Él pensaba que llegaría, haría falsas promesas que jamás cumpliría y volvería a la misma mierda de siempre. Esta vez era diferente. Esta vez solo quería una oportunidad. Mi visión era distinta, no era cuestión de rebeldía, era libertad. No haría todo lo que ellos quisieran pero sí que tomaría mis decisiones con más conciencia de la que había empleado estos años. Eso pensaba entonces. De nuevo.
Todo mis esperanzas creadas se cayeron al suelo cuando mi padre dijo: "Vete". Estoy segura de que nunca unas palabras habían dolido tanto. O eso creo. Miro a mi madre, percibo su sufrimiento y se me contagia, me apuñala, como si fuera una daga. ¿Es esto cosa de eso que llaman karma? Por un segundo puedo sentir como todo el daño que he causado se vuelve contra mí. "Papá, por favor" -le suplico. No muestra dolor, ni compasión, solo desprecio y decepción. Noto como la angustia me invade y una presión en mi garganta me complica la respiración. No quiero sollozar como una niña pero siento que me quiebro por dentro, jamás me había sentido tan fuera de control. Creo. "Dadme algo de dinero" -consigo decir. Pero entonces es cuando noto como el fino hilo de mi cordura se rompe para siempre, de nuevo, cuando escucho: "Fuera". Ahora es otra voz la que me habla, mi hermano se ha despertado y está en el pasillo. Está mayor... Salgo por la puerta. Exploto, con todo el dolor que tenía que salir. Noto una vibración que no consigo apagar. Creo que he llegado a un grado de sufrimiento en el que nada podría hacerme sentirme peor. Corro, pero a los pocos metros mi cuerpo cae. Estoy tan débil física y mentalmente que solo puedo llorar en el suelo mientras empiezo a temblar. Noto el sudor caliente por mi espalda, pero al mismo tiempo tengo frío. La tristeza se transforma en rabia que no puedo controlar, así que empiezo a gritar y a gritar. La histeria se apodera de mí y es aquí cuando pierdo la conciencia.
Noto el corazón de mi madre y su respiración acompasada, está tarareando una canción mientras me acuna como cuando era una niña pequeña. No sé cómo he llegado al piso, mi novio me tiene entre sus brazos, intentando relajarme. El dolor vuelve a emerger. El mundo me había vuelto a abofetear con la realidad. El dolor era demasiado intenso, así que cojo una jeringuilla y con un cinturón me aprieto el brazo y gracias a este gesto, solo estoy yo, y estoy bien. Eso creo. La respiración cada vez me va más lenta. No paro de oír a mi novio aporrear la puerta de la habitación en la que me he encerrado, es un sonido agradable. Me levanto como puedo, apoyándome en el armario. Me siento sobre el marco de la ventana, con las piernas rozando la fachada y respiro aunque me cuesta. Hay una niña en la calle mirándome y me recuerda a mí, cuando era feliz e inocente. Un soplo de viento mueve mi pelo, el aire parece fusionarse conmigo y me noto, al igual que una mariposa, capaz de volar. Sé que no debería tirarme, no puedo volar pero en estos momentos siento que puedo empezar a batir mis alas y tocar las nubes. O eso creo en esos momentos.
Pienso un segundo, yo no quiero volar, solo quiero caer. Vuelvo a respirar, me lleno de valor y salto mientras oigo a la gente desde la calle, gritando… Estoy en el aire y el miedo se apodera de mí, no sé qué he hecho. Quiero volver a los brazos de mi madre. No voy a sobrevivir a la caída y me va a doler, mucho. ¡No quiero morir! Aunque solo hay unos segundos entre el suelo y mi ventana, me da tiempo a arrepentirme varias veces. El tiempo parece ir más lento. El pánico cunde. Noto mis manos temblar, pero este temblor es diferente. Grito, no me importa dejarme la voz, la garganta me arde como nunca lo ha hecho, me muevo como si pudiera de esta forma conseguir evitar el golpe. Recuerdo a mis padres, a mi hermano, a mi novio, a Buster... Estoy a unos centímetros del suelo y siento el mayor pánico que jamás nadie ha experimentado. O eso creo. Empiezo a torturarme, la muerte cada vez está más cerca y no estoy preparada para irme con ella. En apenas un segundo mi cuerpo empieza a sufrir el sudor frío. El aire me azota la cara. La sensación de que era una mariposa ha vuelto. Noto a mi madre que me acuna al compás de su respiración, solo que esta vez no es mi madre, es la muerte la que me tranquiliza entre sus brazos, dulce y serena, como –creo- sólo es ella…

Historias sin final feliz (III)

Otro día más de lluvia salía a por mi hermana pequeña. Iba por la calle, oscurecida a consecuencia de los nubarrones negros. Llegaba tarde como la mayoría de días, así que caminaba deprisa. Las gotas me caían por la cara, el viento movía mi pelo, la ropa se me iba apegando conforme más mojada estaba. Un coche paró en medio de la calle impidiéndome el paso. Solté un insulto y un chico alto bajó del coche cabreado pero con aspecto divertido: estaba jugando a algo. Le dije que no se acercara a mí, pero no me hacía caso y poco a poco iba avanzando diciendo con sarcasmo: ''¿Segura?''... Empecé a ponerme nerviosa, me estaba empezando a costar respirar y en mi mente solo veía la imagen de mi hermana sola, esperando mi llegada. Me puse tensa e intenté huir corriendo, el chico salió corriendo detrás mía hasta que me cogió del brazo y me pegó en la cabeza con algo muy duro. Creo que era algo metálico, el choque con mi piel fue realmente doloroso. Noté como salía un poco de sangre y me quedé inconsciente.
Cuando volví a abrir los ojos el dolor de cabeza era insufrible, me sentía morir cada vez que intentaba levantarme. Intenté situarme y vi que estaba en una habitación oscura y pequeña. Olía a humedad y era muy fría. Las paredes eran de una piedra grisácea que no recordaba haber visto en anterioridad. Estaba completamente vacía, sin ninguna entrada de luz excepto una ventana minúscula en la parte superior de una de las paredes. El suelo, que era del mismo material que las paredes, congelaba mi piel y me hacia encogerme cada vez más y más... Me puse a llorar... Pensaba más en mi hermana que en mí y, por mucho que quisiera, no podía hacer nada. Intentar salir era inútil, la puerta estaba cerrada con llave y la ventada, a parte de estar situada en una parte bastante elevada, solo dejaría pasar a alguien con el tamaño similar al de un gato. Era como una pequeña celda, pero sin absolutamente nada: las paredes y yo. Todavía llovía, podía oír como las gotas chocaban con el suelo de la calle, como de vez en cuando un rayo rompía el silencio del momento. Era lo único que me tranquilizaba un poco, me hacía recordar las tardes en las que jugaba con mi hermana en el parque dejándonos mojar por la lluvia, era lo que más nos gustaba, nos hacia sentir completamente libres, nos daba la oportunidad de estar en paz y soñar... Empecé a pegar vueltas por la habitación hasta que un chico al que no había visto nunca entró. Era alto, rubio, robusto y de piel blanca. En él asomaba una sonrisa maliciosa... me hizo salir de la habitación. Cuando salí, aunque con un poco de dificultad, vi a dos chicos más, cada uno me transmitía más miedo que el anterior, pero no conseguía ver al que me había pegado. Me tiraron al suelo y me ataron. Era una cuerda áspera y dura que me rozaba por todas partes y me hacía marcas, me dolía mucho pero intentaba aparentar ser fuerte... No sé si lo conseguía.
El suelo estaba sucio, mojado, creo que por alguna copa caída de alcohol. Se reían mientras daban ideas de qué hacer conmigo. Uno quería matarme, otro violarme y los otros dos ambas cosas. La cara, mojada por las lágrimas, intentaba mantenerla impasible. Se oyó un ruido muy fuerte y todos callaron. Vi cómo se acercaba el chico de la calle. Era moreno de ojos verdes, me cogió por la cuerda y me sentó en una silla mientras insultaba a sus amigos. Me dijo que todo podía acabar bien si yo luego no contaba nada del buen rato que íbamos a pasar. Tenía una voz profunda, hacía que mis pelos se pusieran de punta, todo mi cuerpo se ponía alerta cuando hablaba. Temblaba de miedo. Me quedé mirándole sin decir nada, apretando los dientes fuerte para no empezar a llorar. Se cabreó conmigo y me llevó a la habitación prácticamente a rastras. Una vez allí les dijo a los otros que nos dejaran solos un rato. Estábamos los dos, yo todavía atada y él con cara de diversión... Se sentó delante mía y se quedó mirándome durante un instante efímero. De repente, me arrancó la camiseta y no pude evitar soltar un pequeño grito y ponerme a llorar. No quería que aquello pasara y no podía hacer nada para evitarlo. Sentí sus manos frías en la espalda y cerré los ojos fuerte mientras lloraba amargamente...
Al día siguiente entre todos decidieron que no saldría nunca de ese horrible lugar. Me dijeron que me iban a matar y me preguntaron directamente de qué manera prefería morir. Solo fui capaz de romper a llorar. ¿Que qué sentía? ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Impotencia? ¿Dolor? Realmente qué más da. El caso es que nunca más salí de allí... ¿Qué sería de mi hermana?

Historias sin final feliz (IV)

Año 1540, una familia de campesinos vivía felizmente no muy lejos de una pequeña aldea. No tenían grandes riquezas pero se tenían los unos a los otros, y eso podía con cualquier cosa. La familia se componía de los abuelos maternos, Melchor y Catalina, después estaban los padres Francisco y Carmen, y cinco hermanos de la cual yo era la mayor de todos.
Los días empezaban muy temprano, había mucho trabajo por hacer, teníamos que ordeñar a los animales, limpiar los establos, cultivar los campos, y muchas cosas más, pues de ello dependía el bienestar familiar. Yo tan solo contaba con 16 años, pero tenía unas grandes responsabilidades de adulto. Pero no me importaba porque yo adoraba a mis hermanos, de menor a mayor estaban, Nicolás, Candela, Máximo, Alba y finalmente yo. Yo tenía especial predilección por la pequeña Candela, tan solo contaba con 4 añitos, pero era tan dulce despertarme junto a ella todos los días… me seguía a todas partes con esa carita sonrosada, sus rizos rubios como el trigo, sus ojos verdes de gatita, era mi pequeña adorada.
Un día llegó una siniestra comitiva a nuestras tierras, nos pidieron agua, comida y cobijo. Nosotros, como buenos cristianos, les ofrecimos todo lo que pudimos, lo cual no eran mucho. La abuela Catalina mató a una gallina y preparó un buen caldo para agasajar a los visitantes. Iban más tapados de lo normal, pero según pasaban los minutos nos dimos cuenta de que estaban heridos, tenían heridas pululando y eran muy desagradables a la vista. Preguntamos qué les ocurría, y nos dijeron que en su aldea había mucha gente afectada, que la guardia real lo quemó todo y ellos salieron huyendo. Al resto de la aldea masacrada, se los llevaron Dios sabe dónde, pues tenían esa extraña enfermedad: la peste.
Mis abuelos y mis padres se miraron entre ellos, temiendo por lo que estaban escuchando y les pidieron muy amablemente que terminaran la sopa y continuaran su camino, temiendo que no fuera demasiado tarde para verse afectados por la terrible enfermedad. Cuando salieron de casa intentamos quemar y desinfectar con el jabón que hacia la abuela Catalina todo lo que habían tocado, y pensamos que ya estaba todo solucionado con la limpieza.
¡Horror! Al cabo de unos días la niña de mis ojos, mi pequeña Candela, me enseñó su pequeña manita en la que aparecían unas pequeñas erupciones… ¡Dios mío, no por favor! ¿Por qué a Candela? ¿Por qué no a mí? Sabiendo de la gravedad de la enfermedad decidimos aislar a la pequeña para no poner en peligro a la familia y rápidamente me ofrecí voluntaria para cuidar de ella, yo tenía pánico de contagiarme de esa asquerosa enfermedad, pero más terrible era pensar que podía perder a mi ángel encarnado.
Pasaban los días, mi pequeña hermanita iba enfermando, tenía unas fiebres muy altas, su piel se iba deshaciendo, se le caía a trocitos, no podía soportarlo, yo la acurrucaba entre mis brazos, le daba todo el amor que podía, milagrosamente yo no estaba contagiada pero no me atrevía a entrar en casa por precaución. Finalmente mi hermana cayó en una somnolencia continua debido a la fiebre y una noche de tormenta dejó de respirar entre mis brazos, no podía soportar tanto dolor, eran como puñaladas, estaba dispuesta a sacrificarme por mi hermana, pero no puede hacer nada más por ella. Murió entre mis brazos y, con ella, una parte de mí.

Historias sin final feliz (V)


Allá por el siglo V a.C. había un hombre, uno de los hombres más reputados de la sociedad en la ciudad en que vivía, un hombre de una gran riqueza y de gran prestigio. Pero ese hombre lo último que recuerda es estar siendo llevado a un acantilado por una gran multitud de gente. Recuerda que días anteriores una mujer enferma se presentó en su casa en busca de ayuda y que le invitó a entrar a su hogar, dónde preparó un remedio casero que había pasado de generación en generación. Recuerda que la llevó a una habitación donde había una cama preparada junto al fuego para calentar la habitación, que tumbó a la mujer en la cama y reposó durante un par de días. Cuando ésta se recuperó todo el mundo quedó sorprendido ya que había curado a una persona que estaba al borde de la muerte. En aquel momento la religión era muy dogmática y supersticiosa, cualquier suceso extraño se explicaba mediante brujería y se sentenciaba a muerte sin miramientos. El obispo de la ciudad quedó totalmente aterrado porque pensó que ese hombre que había curado asombrosamente a esa mujer sería un hechicero, por lo que se propagó el miedo por toda la ciudad. A partir de aquí algunos propusieron que fuera lanzado por el acantilado para saber realmente si era un hechicero o no.
Este hombre recuerda los gritos de una multitud de gente aporreando su puerta de roble macizo, recuerda la ira y el miedo en los ojos de aquella multitud enfurecida. Entre la multitud reconoce a la chica que había conseguido curar, en ella veía la preocupación y la tristeza que sentía, por el hecho de que la salvara y no la dejara tirada como otras personas habían hecho. Pero ahora estaba allí. Entre aquella multitud de gente también podía reconocer al obispo de la ciudad y a mucha más gente a la que había ayudado anteriormente. En aquel momento ese hombre no entendía el motivo por el que estaba sucediendo todo aquello. De pronto aquella multitud de gente se paró repentinamente. En aquel momento ese hombre supo que ya estaba al borde del acantilado. Recuerda cómo sin más dilación el obispo se dispone a recitar un discurso en el cual menciona que los actos de brujería están sentenciados con la pena de muerte, ya que Dios lo quiere así y así se hará. Antes de ser lanzado por el acantilado, el obispo dijo unas últimas palabras que se dirigía a la multitud de gente que se encontraba en aquel momento: “la única manera de saber si eres un hechicero o no es lanzándote al acantilado, si sobrevives eres obra del Anticristo, pero si mueres, morirás como buen cristiano y te acogerá la gracia de Dios”. Después de recitar aquellas palabras, aquel hombre fue lanzado por el acantilado. Pero aquel hombre, ese hombre ya no recuerda qué pasó…

Historias fin final feliz (VI)


En las entrañas del barco que llevaba a la corte del Rey Luis XVI, se encontraba una joven prisionera de 16 años. Esta joven era hija de unos campesinos acostumbrados al sufrimiento, al hambre y al frío producido por las malas cosechas que durante varios años azotaron el país. Los padres cayeron enfermos por la peste lo cual hizo que ella tuviera que trabajar desde los 10 años para poder pagar los impuestos que la familia no podía asumir.
La pobre muchacha sufría día tras día, mientras veía como sus padres iban perdiendo la vida sin que ella pudiera ayudarles, pues el poco dinero que podía recaudar era depositado en las arcas de los nobles en cuyas tierras vivían. El trabajo que realizaba la pobre niña era muy penoso. No poseía más que unos harapos para cubrir su cuerpo y por calzado llevaba unos trapos atados a los tobillos. Debía recoger las cosechas de los campos bajo el tiempo invernal y llevarla al granero de la gran casa, donde a cambio de daban un mendrugo de pan y un trozo de queso con el que alimentaba su pequeño cuerpo y guardaba un pedazo para sus padres. En alguna ocasión cuando la cosecha no era todo lo buena que los señores feudales esperaban, la pobre niña recibía un azote por cada año que tenía.
Sus padres murieron sin que ella pudiera verlos, pues mientras trabajaba la pequeña en los campos, se llevaron los cadáveres de sus padres a la fosa común del cementerio. Nada más llegar a casa y ver que sus padres no estaban, solo pudo llorar y llorar pensando en su triste vida, sola y sin familia, pensaba que no podría hacerle frente a la vida, que no podría vivir sola, sin nadie…
Así fueron pasando los años hasta que un día pensó en marcharse, dejar de sufrir y así poder encontrar otra manera de vivir, encontrar su propio yo y ser feliz. Tras varios días de deambular por los horribles campos y pueblos desérticos, tras pasar noches en vela sin poder dormir debido al frío, tenía unos pies repletos de llagas sangrantes y un cuerpo tan delgado y cansado que apenas podía mantenerse de pie.
Una tarde, derrotada, se puso a descansar a los pies de un árbol y unos bandoleros que pasaron por ahí la raptaron para venderla como esclava. La metieron en una jaula con otros humanos de todo tipo de edades para poder comerciar con ellos. Así acabó vendida a uno de los guardianes de los prisioneros que abastecían las galeras de los barcos reales. Paso años dándole vueltas a los remos… Y así hasta que no pudo remar más. Murió con dolores terribles, con un terrible sufrimiento que esperaría no volver a sufrir nunca más…

Historias sin final feliz (VII)


Nací en un precioso castillo, rodeado por un inmenso lago de agua cristalina y altas montañas, la única entrada a este reino era un largo puente hasta el bosque. Pero incluso estando rodeada de lujos y sirvientes no todo es tan perfecto, todo ese mundo de fantasía podría llegar a su fin antes del atardecer. Mi reino se encuentra en guerra, y el rey, mi marido, ha muerto en la batalla, así que la responsabilidad de los siguientes movimientos recaen sobre mí, yo soy la responsable de que mi pueblo siga en pie o muera hoy mismo. Empiezo a ver a los soldados en el horizonte acercándose a través de la ventana, pero ¿qué debo hacer? Me encuentro en la sala de reuniones donde tantas veces se había reunido mi marido, a mi alrededor se encuentran los más fieles consejeros del reino y los más valientes nobles. Se abre la puerta y me alertan de que son mucho más numerosos de lo que pensábamos, tengo que tomar una decisión y hacer una buena jugada, y lo tengo que hacer ya… Obviamente no podemos atacar de frente, así que, habrá que preparar una buena emboscada, atacaremos desde arriba de las colinas justo antes de que lleguen al bosque, sí eso será lo mejor.
Ya estamos listos, un gran ejército armado, se dirige hacia el campo de batalla. Sin embargo, antes de que lleguemos a la colina, el enemigo nos asalta por sorpresa, se habían preparado muy bien, conocían el terreno de juego. Veo la sangre roja derramándose de mis soldados, no puedo permitir esto, debo proteger a mi pueblo y a mi familia, tenemos que resistir hasta que quede el último de nosotros. Pero de repente una flecha me alcanza atravesándome el estómago y caigo del caballo, rápidamente me arranco la flecha y sigo luchando, pero una segunda flecha me atraviesa, y vuelvo a caer… En el suelo, mientras doy mis últimas respiraciones, el tiempo se para, no soy consciente de lo que ocurre a mi alrededor, giro la cabeza hacia mi hogar y veo como se acercan, todo esto ha sido culpa mía, si hubiera elegido la opción correcta quizá no hubiera pasado nada de esto…