dijous, 23 d’abril de 2015

Historias sin final feliz (II)


El suelo en el que estoy sentada está frío. Apoyo las manos para levantarme pero alguien me detiene, no parece una buena ocasión para hacer esfuerzos. Mi percepción está algo alterada, miro a mi alrededor y me encuentro a gente que supongo que son mis amigos, aunque la idea de que la gente del suelo sea amiga mía no me agrada del todo. Intento inspeccionar el cuarto en el que estoy, es una habitación pequeña. Se oye el ruido de la calle que entra por el balcón. El ruido me molesta más de lo que debería, me duele la cabeza. ¿Qué me pasa? ¿Estoy enferma? Con las pocas fuerzas que tengo me levanto apoyándome en la pared áspera de ladrillo.
Doy un par de pasos, no sin tambalearme un poco, y veo a una chica apoyada en la pared, con la vista ida y que murmura algo que no consigo entender. Me mira, sonríe, pero no es una sonrisa real, sus ojos me muestran todo el dolor que siente en estos momentos. Mi primera reacción es compasión. La chica parece normal, o al menos lo era antes de que las drogas hubieran conseguido dejarla con una imagen distorsionada de la persona que en su día fue. Tiene los pómulos muy marcados. Sus ojeras muestran varias noches sin dormir, me pregunto que ha podido pasar para que una chica tan joven haya acabado de esta forma. Le sonrío y ella me sonríe, de nuevo, mecánicamente. Parece que necesita hablar con alguien así que me acerco más a ella y ella hace lo mismo. Sus ojos son marrones. Los miro más detenidamente y mi intuición es huir, dejar a la chica con sus problemas en ese pasillo. Buscar a la familia que espero tener todavía y pedirles ayuda. Pero la mirada de esa chica me dice sin palabras que detrás hay un alma que quiere salir de ese cuerpo devastado en el que está encerrada. Un ruido me saca del trance en el que me he metido, parece que uno de mis compañeros ha puesto la televisión. Les pido que no hagan tanto ruido y el más alto se acerca a mí, me pone un brazo por encima de los hombros y me mira: es mi novio. Cuando vuelvo a mirar a la chica la veo con mi compañero. Estoy confusa, mi compañero sigue a mi lado. Así que la vuelvo a observar y es ahora cuando me doy cuenta de que lo que he estado mirando todo el rato no es otra cosa que mi reflejo. La ansiedad me consume ¿en qué me he convertido? ¿Siempre he sido así? Me falta la respiración, de golpe la habitación me parece demasiado pequeña. Miro a mi novio, él me mira y sonríe, parece feliz aunque la situación no parece real del todo. ¿Es todo esto un sueño?
A mi alrededor hay mucha más gente como yo. ¿Somos felices? No estoy segura. ¿Somos infelices? Tampoco lo sé. Me vuelvo a centrar en mí misma, los efectos de la heroína se me están pasando. Salgo a la calle. La ciudad brilla. Es de noche, creo que la última vez que salí a la calle también lo era. ¿Cuánto había estado en ese piso? Nunca lo sabría. El tiempo hace mucho tiempo que dejó de existir para mí. Tengo un rumbo fijado, las piernas me duelen aunque sigo caminando, no tengo dinero para un taxi y la casa de mis padres está lejos. Si me entretengo mucho se hará de día y mi padre ya se habrá ido a trabajar.
Cuando llego a casa me doy cuenta de lo cambiada que está. La casa de madera de Buster no está. ¿Habría muerto mi perro y no lo había sabido? Llamo a la puerta y mi madre abre vestida con una bata. Sus ojos al verme muestran alegría, pero no una alegría normal. La imagen de la Virgen María viendo a Jesús después de haber resucitado de la que tanto me habían hablado en el colegio se me viene a la cabeza. Deliro. Así es como creo que mi madre me mira, como si hubiera vuelto de la muerte para decirle que me quedaba para siempre junto a ella. Entré en casa y me senté en el sofá, vi las gafas de mi hermano sobre la mesa. Hacía mucho que no lo veía, ahora sería bastante mayor. Me había perdido, al menos, dos años de su vida.
Escuché la tos de mi padre detrás de mí. Es entonces cuando me vino una sensación de vacío. Supe que lo peor estaba por venir. No veía en los ojos de mi padre la alegría que en los de mi madre. Él pensaba que llegaría, haría falsas promesas que jamás cumpliría y volvería a la misma mierda de siempre. Esta vez era diferente. Esta vez solo quería una oportunidad. Mi visión era distinta, no era cuestión de rebeldía, era libertad. No haría todo lo que ellos quisieran pero sí que tomaría mis decisiones con más conciencia de la que había empleado estos años. Eso pensaba entonces. De nuevo.
Todo mis esperanzas creadas se cayeron al suelo cuando mi padre dijo: "Vete". Estoy segura de que nunca unas palabras habían dolido tanto. O eso creo. Miro a mi madre, percibo su sufrimiento y se me contagia, me apuñala, como si fuera una daga. ¿Es esto cosa de eso que llaman karma? Por un segundo puedo sentir como todo el daño que he causado se vuelve contra mí. "Papá, por favor" -le suplico. No muestra dolor, ni compasión, solo desprecio y decepción. Noto como la angustia me invade y una presión en mi garganta me complica la respiración. No quiero sollozar como una niña pero siento que me quiebro por dentro, jamás me había sentido tan fuera de control. Creo. "Dadme algo de dinero" -consigo decir. Pero entonces es cuando noto como el fino hilo de mi cordura se rompe para siempre, de nuevo, cuando escucho: "Fuera". Ahora es otra voz la que me habla, mi hermano se ha despertado y está en el pasillo. Está mayor... Salgo por la puerta. Exploto, con todo el dolor que tenía que salir. Noto una vibración que no consigo apagar. Creo que he llegado a un grado de sufrimiento en el que nada podría hacerme sentirme peor. Corro, pero a los pocos metros mi cuerpo cae. Estoy tan débil física y mentalmente que solo puedo llorar en el suelo mientras empiezo a temblar. Noto el sudor caliente por mi espalda, pero al mismo tiempo tengo frío. La tristeza se transforma en rabia que no puedo controlar, así que empiezo a gritar y a gritar. La histeria se apodera de mí y es aquí cuando pierdo la conciencia.
Noto el corazón de mi madre y su respiración acompasada, está tarareando una canción mientras me acuna como cuando era una niña pequeña. No sé cómo he llegado al piso, mi novio me tiene entre sus brazos, intentando relajarme. El dolor vuelve a emerger. El mundo me había vuelto a abofetear con la realidad. El dolor era demasiado intenso, así que cojo una jeringuilla y con un cinturón me aprieto el brazo y gracias a este gesto, solo estoy yo, y estoy bien. Eso creo. La respiración cada vez me va más lenta. No paro de oír a mi novio aporrear la puerta de la habitación en la que me he encerrado, es un sonido agradable. Me levanto como puedo, apoyándome en el armario. Me siento sobre el marco de la ventana, con las piernas rozando la fachada y respiro aunque me cuesta. Hay una niña en la calle mirándome y me recuerda a mí, cuando era feliz e inocente. Un soplo de viento mueve mi pelo, el aire parece fusionarse conmigo y me noto, al igual que una mariposa, capaz de volar. Sé que no debería tirarme, no puedo volar pero en estos momentos siento que puedo empezar a batir mis alas y tocar las nubes. O eso creo en esos momentos.
Pienso un segundo, yo no quiero volar, solo quiero caer. Vuelvo a respirar, me lleno de valor y salto mientras oigo a la gente desde la calle, gritando… Estoy en el aire y el miedo se apodera de mí, no sé qué he hecho. Quiero volver a los brazos de mi madre. No voy a sobrevivir a la caída y me va a doler, mucho. ¡No quiero morir! Aunque solo hay unos segundos entre el suelo y mi ventana, me da tiempo a arrepentirme varias veces. El tiempo parece ir más lento. El pánico cunde. Noto mis manos temblar, pero este temblor es diferente. Grito, no me importa dejarme la voz, la garganta me arde como nunca lo ha hecho, me muevo como si pudiera de esta forma conseguir evitar el golpe. Recuerdo a mis padres, a mi hermano, a mi novio, a Buster... Estoy a unos centímetros del suelo y siento el mayor pánico que jamás nadie ha experimentado. O eso creo. Empiezo a torturarme, la muerte cada vez está más cerca y no estoy preparada para irme con ella. En apenas un segundo mi cuerpo empieza a sufrir el sudor frío. El aire me azota la cara. La sensación de que era una mariposa ha vuelto. Noto a mi madre que me acuna al compás de su respiración, solo que esta vez no es mi madre, es la muerte la que me tranquiliza entre sus brazos, dulce y serena, como –creo- sólo es ella…