dimarts, 31 de març de 2015

Cambios para el mundo

20 de junio. Madrid. Calor asfixiante. Fin de curso.
Vitalia sabe que debería estar celebrando la llegada del verano. Pero, sencillamente, no puede. No es porque vaya a echar de menos a sus compañeros de clase, ni mucho menos. Como mucho, añorará a sus amigos de toda la vida, que se van al pueblo donde ella solía veranear, hasta que llegó la crisis. Vita no se emociona con el buen tiempo, pues sabe que se va a pasar otro verano encerrada en su piso de la ciudad, sin aire acondicionado, como los últimos tres veranos.
Por ese motivo no quiere llegar a casa esa tarde. Va andando por la calle bajo un sol de justicia con las notas en la mano. Tiene unos resultados normales, es una más del montón. Aún le queda un kilómetro hasta su casa, así que entra en una tienda. La atiende un chico sudamericano. Entonces, detrás de él, ve un cartel:

Se buscan voluntarios para un campamento experimental en Gales (Reino Unido)
Interesados ponerse en contacto con:
Tlf:447878030876  E-mail: expcamp@gmail.com


Vita se atraganta con el agua que había empezado a beberse y le pregunta al encargado:
      -     ¿Perdona, tienes información sobre ese campamento?
No, pero puedo explicarte de qué se trata. Es una nueva idea de campamento, ya que es como trasladarse a la Edad Media. Los participantes pasarán dos semanas como si hubiesen retrocedido en el tiempo. Los gastos del viaje corren a cargo de la empresa y la única cosa que hay que pagar es el billete de avión.
El encargado también le da una hoja informativa y Vita retoma el camino hacia su casa. Es una oportunidad única y va a intentar aprovecharla.
   Un cuarto de hora más tarde ya está contándole a su madre lo del anuncio. A ella le parece muy buena idea, hasta que llegan al punto del billete.
Vita, sabes que tu padre y yo te queremos mucho, pero no podemos pagar el billete. Con los estudios de tu hermano y los gastos mensuales, no podemos permitirnos nada más. Lo siento.

Vita se va enfurecida a su habitación. Ella no tiene la culpa de que su padre perdiese  mucho el dinero en el juego. En ese instante, se le ilumina la bombilla. Tiene un poco de dinero ahorrado y, si no es suficiente, puede decirles a los del campamento que se lo adelanten y ella trabajará en el campamento como recompensa.

21 de junio. Madrid. Cielo nublado. Mismo calor asfixiante que el día anterior.
 Vita llamó ayer al número del campamento. Ella tiene un nivel de inglés aceptable. Le dijeron que quedaban pocas plazas para el campamento y ella también les comentó lo del billete. Al principio fueron reacios, pero después le dijeron que si les enviaba un certificado de la renta de sus padres, hablarían.
Los padres de Vita finalmente la apoyan y envían el certificado.
22 de junio. Madrid. Día soleado. Corre un poco de brisa.
Los del campamento explican sus condiciones. Vita deberá ayudar en las cocinas a preparar todas las comidas del día, sin excepciones. En breve, Vita recibirá una carta con el dinero para el billete.
El verano, poco a poco, va arreglándose.

29 de junio. Cardiff. Día nublado. Hace un poco de frío para ser verano.
Ha pasado una semana y Vita, aún sin creérselo, acaba de aterrizar en Cardiff (Gales). A continuación ha cogido un tren que se dirige a Conwy, la ciudad medieval más famosa de Gales, y en la cual se encuentra el campamento. Durante el viaje, Vita va observando el paisaje verde y exuberante de los prados galeses.
Por fin, unas horas después, Vita llega a la estación más cercana a Conwy.
Un monitor la está esperando. Le explica que va a acompañarla hasta el campamento. O eso cree haber entendido.
Suben en un bus y, en apenas dos paradas, vuelven a pisar el suelo.

Se han parado delante del castillo de Conwy. Vita busca con la mirada el hotel o albergue en el cual debe hospedarse, pero su monitor se dirige al castillo en ruinas. Vita acaba de descubrir donde va a pasar los próximos días.

30 de junio. Castillo de Conwy. Día nublado (otra vez) y con alerta por lluvias.
Ayer Vita se quedó un rato en la puerta, maravillada ante el espectáculo que percibían sus ojos. Era como si hubiese viajado en el tiempo, ya que a su alrededor habían montado un mercado tal y como debía ser a finales de la Edad Media. Había un herrero perfilando una espada, un zapatero arreglando las botas de un campesino, una señora vendiendo telas e hilos para nuevas prendas…

Vita observó que todos los campesinos que había comprando rondarían su misma edad. Ella siguió al monitor hacia la que iba a ser su habitación durante un tiempo. Se instaló y, más tarde, antes del anochecer, una chica llamó a su puerta y la acompañó hasta la cocina.

La cocina era en realidad una tienda de campaña marrón. Lo que no se
imaginaba Vita era que la comida también debía ser preparada como en la Edad Media. Así que tuvo que ayudar a preparar un estofado de ternera en una olla con una fogata debajo. Tardó varios siglos en hacerse.
Hoy se ha levantado a las cinco para cocinar gachas de avena, que serán el desayuno de sus amigos campesinos.
Seguidamente, todos los integrantes del campamento han ido a la costa, que está a solo un kilómetro a pie desde el castillo. Hoy van a subir en un antiguo barco medieval. La intención es aprender cómo se viajaba en esa época.
Los treinta chicos y chicas suben al barco, seguidos de los monitores y el capitán. Al poco rato la gente se dispersa y se dividen en grupos, mientras los monitores les explican las partes del barco y les enseñan los camarotes.

Cuando ya llevan tres horas navegando, el cielo se torna más oscuro y una densa niebla envuelve el navío. Vita huele un hedor en el aire y se desmaya.

Cuando despierta, Vita no sabe si han pasado minutos o horas, pero lo que sí sabe es que está atada de pies y manos a un mástil. Y que sus compañeros y monitores están en su misma situación.
-      Bueno, bueno, ¿pero qué tenemos aquí? Una panda de inglesitos vestidos de época y dándose un paseo por el mar. Y supongo que vendrán con carteras llenas de libras…-dijo un hombre con ropas de vagabundo y dientes negros como el tizón. Lo más sorprendente, es que sólo lo pudo entender Vita, ya que hablaba español.
Sus compañeros la miran con temor y súplica, ya que creen que es la única capaz de entenderse y razonar con él. Ella se armó de valor e intentó que no le temblara la voz cuando dijo:
Pues la verdad es que no, no llevamos ni un céntimo encima.
¡Anda, mira! Pero si tenemos a una españolita por el mundo. Sabes mejor que nadie que en España la vida es horrible; casi seis millones de parados y la situación no mejora. Nosotros robamos a los ricos que surcan estos mares con sus yates para poder sobrevivir. En España tenemos familias que alimentar.
Os entiendo, pero esta no es la manera. Volved a España e intentad cambiar las cosas allí. Es difícil pero no imposible. Sé que las cosas están muy mal, pero nada es eterno.
En ese instante, los ladrones, que parecen sufrir alguna deficiencia mental, se dan cuenta de que Vita tiene razón. Deberían intentar arreglar las cosas desde dentro, no hacer lo que les habían hecho a ellos antes con diferentes métodos. Vita los ha hecho reflexionar y, por ese motivo, dejan libres a todos los que van con ella.
Antes de irse, Vita les deja su e-mail y su número de teléfono, para cuando vuelva a Madrid. Espera poder razonar con esos ladrones y, por qué no, intentar arreglar el mundo.

3 de septiembre. Madrid. Calor asfixiante de nuevo.

Vita llega al bar diez minutos antes de la hora prevista. Se sienta en una mesa en la terraza y mira la pantalla del móvil para entretenerse. A los pocos minutos aparece un hombre con las mismas ropas de vagabundo que dos meses atrás. Vita lo invita a sentarse y ambos piden un refresco.

¿Y bien? ¿Cuál es tu plan genial para salvar el mundo? En el último mes y medio he dejado los mares, he vuelto a España y todo sigue igual.- constata el vagabundo.
Pues… verás, no tengo un plan que vaya a solucionar este problema rápidamente.- responde Vita.
Lo suponía.
Pero tengo una propuesta para ti.
Sorpréndeme.
Acaban sus refrescos y Vita paga la cuenta. A continuación ella le pide que la acompañe.
Caminan por las calles de Madrid hasta llegar  las puertas del hospital La Paz.

¿Por qué estamos en un hospital? ¿Acaso quieres que ingrese en psiquiatría?- pregunta de nuevo el vagabundo, que se ha pasado todo el camino haciéndole preguntas a Vita y despotricando sobre la situación de la sociedad española.
Tú solo sígueme.
Entran en el edificio y suben a la primera planta. Vita habla con la enfermera de la recepción y cuando acaban le indica el número de habitación, la 107. El vagabundo está perplejo, no sabe qué pretende Vita. Entonces entran a la habitación y ven a un niño sin pelo en la cabeza, de unos diez años, postrado en una cama de un blanco inmaculado.

¡Hermanita! - grita el niño, emocionado.
Vita corre hacia la cama y se funden en un abrazo.
¿Este es el pirata terrible del que me hablaste?- pregunta el niño inocentemente.
Sí, es este, pero Juan, no es terrible, en realidad es una buena persona y te va a contar su historia.
El vagabundo se ha quedado sin habla. No se esperaba acabar en esa situación. Pero, tras unos segundos, se sienta en una silla al lado de Juan y empieza a relatarle sus aventuras.
Vita se sienta también a escuchar. El tiempo parece detenerse.
Al cabo de unas horas, ya ha anochecido y una enfermera le trae la cena a Juan. Vita se despide de él y el vagabundo también. Cuando ya salen por la puerta, Juan pregunta:

¿Volverás a verme y a contarme más historias de piratas?
El vagabundo parece pensárselo dos veces, pero al final accede.
Claro que sí, grumete.

Vita cierra la puerta a sus espaldas y se explica:
Este es mi plan para cambiar el mundo. No puedo solucionar los problemas de todos los españoles, pero puedo empezar por un pequeño círculo, como este. Estos niños están cansados de los payasos que ya no les hacen ni gracia, que solo vienen por recibir un sueldo a cambio. Estos niños quieren gente honrada que los ayude a evadirse de sus enfermedades, aunque sea solo por unos minutos. ¿Qué me dices? ¿Volverás?
Por supuesto.
Y es que, durante esa tarde, el vagabundo se había dado cuenta de muchas cosas, que a veces los problemas que tenemos no son tan graves y maximizamos situaciones realmente estúpidas. Como Gandhi dijo una vez: Sé tú el cambio que quieras para el mundo.