dijous, 26 de març de 2015

SOBRE UN CABLE

                                            
Desperté con un malestar considerable, tal vez por la resaca o tal vez porque era la sutil manera que tenía el universo de hacerme saber que yo no pintaba una mierda en este mundo. En fin. Me levanté como pude, dispuesto a recorrer la interminable distancia que suponía el pasillo de apenas tres metros que separaba mi habitación – si se podía llamar así – de la cocina. Milagrosamente llegué sin tener que hacer una parada en el aseo para vomitar. Bien, misión cumplida.
Entré en la cocina casi chocándome con la puerta más que abriéndola. Abrí la nevera y murmuré una queja al encontrármela casi vacía: dos yogures caducados, un par de cervezas y salchichas. Dieta mediterránea, sí señor. Decidí que tal vez sería mejor empezar la mañana con un cigarrillo, así que me acerqué a la encimera en busca de un mechero y me encontré una cafetera, todavía humeante. ¿Café recién hecho? Ah, claro. A veces olvidaba que compartía piso con Cris, joder.
-          A buenas horas tío. ¿Tú duermes o hibernas? – Dijo mi simpático compañero de piso detrás de mí.
-          Más bien creo que he resucitado. – Dije sirviéndome un café sin ni siquiera girarme para mirarle. – Según mi grado de resaca ayer me la debí pillar gorda.
-          ¿Saliste anoche? ¿Un martes? ¿Qué se celebraba?
-          ¿Martes? ¿Qué dices? Si ayer era… - Me di la vuelta para mirarle y callé, realmente no sabía ni en qué día vivía. Di un sorbo al café, esperando que ese silencio bastara para terminar la conversación. Pero no, el señor Pepito Grillo me tenía preparada otra de sus charlas.
-          Erick, mírate. – Empezó, con esa cara de entre lástima y asco que ponía siempre que me sermoneaba. – Estás hecho un desastre. Vives de noche y duermes de día, solo sales de aquí para beber y comprar tabaco, hace semanas que no te afeitas y cualquiera diría que es que acabas de volver de una isla desierta.
-          Gracias, amigo, yo también te veo genial a ti. – Me giré de nuevo, hacia el cigarro que tenía pendiente.
-          Tío, escúchame, quiero ayudarte, pero no me dejas. Además, tu cuarto parece Hiroshima. ¿Y cuanto hace que no haces la cama o cambias las sábanas?
-          No sé, tal vez desde que dormí con Sonia aquí la última vez. – Respondí gruñendo su nombre más que pronunciándolo. Qué asco me daba.
-          Eso fue hace casi un mes.
Le miré fijamente, con una expresión de entre desconcierto y odio. ¿Un mes? No, no podía ser, ¿tanto tiempo había pasado? Volví a mi café y a mi silenciosa resaca, esperando que, esta vez sí, se callara ese incordio llamado amigo. Pero no, por supuesto que no, él nunca acababa de sermonearme.
-          Mira, entiendo que estés mal porque la tía de la que estabas encoñado te haya dejado en extrañas circunstancias, pero ¿y qué? ¿Desde cuándo a ti esas cosas te duelen? – Bromeó. Aunque era cierto, de normal no me dolían esas tonterías.
-          Eh, cuidado chaval. Nada de encoñado, era ella la que venía siempre suplicándome. Y claro, yo no me podía negar a ayudar a una dama en apuros, por Dios. – Dije continuándole la coña.
Pero para ser sinceros, sí, hacia casi un mes que Sonia me había abandonado, por así decirlo. Hacía un mes que no me afeitaba, que no tenía contacto con mis amigos, que no estaba con ninguna tía y, por ultimo pero no menos importante, hacía un mes que mi habitación había dejado de ser humanamente habitable.
-          Mira, para que te calles de una vez, al menos por hoy, voy a cambiar las malditas sábanas.
Recorrí de nuevo el pasillo y entré en el desastre que tenía por habitación. Me planté delante de la cama, decidido y a la vez con el miedo de que me diera un derrame cerebral si me agachaba a quitarlas. Con este miedo irracional en la cabeza, tiré de todas ellas desde una de las esquinas de la cama, quitándolas de golpe y enrollándolas en mis brazos para no tener que hacer dos viajes hasta la lavadora. Y, joder, todavía olían a ella. O eso o me había vuelto loco. Quizá lo segundo, o tal vez era cosa de mi derrame imaginario, quien sabe. Entre estos pensamientos y la resaca que no me permitía estar de pie más de cinco minutos decidí recostarme un poco en la cama, así que me tumbé en ella o más bien me desplomé, todavía con las sabanas enrolladas en mis brazos. Cerré los ojos y me puse a recordar. ¿Cómo había llegado a esa situación cuando hacía apenas un mes estaba en ese mismo lugar tocando el cielo con una tia de la que ya no había vuelto a tener notica?
Poco a poco los recuerdos se fueron abriendo paso en mi mente entre las neuronas muertas de mi resaca. Sonia. La encontré y la perdí de la misma manera que a todas las demás. Pero no en la misma noche, como solía pasarme ocurrir. Ni siendo yo quien abandonaba la escena de crimen, sino siendo, por primera vez, la víctima. La recordaba bien, sí. Era guapa, guapa de cojones, bebía whisky como una mujer hecha y derecha y sonreía como una cría de cinco años a la que acaban de pillar haciendo algo malo. Maldita noche, maldito whisky y maldita sonrisa. Todo empezó así:
Entré al bar de siempre, donde nos reuníamos los colegas cuando había algo que celebrar y cuando no, donde fuera el dia que fuera sabías que ibas a encontrarte a alguien allí con quien charlar o simplemente beber a gusto.
-          Camarero, lo de siempre. – Dije al hombre de detrás de la barra nada más entrar por la puerta. Porque, señores, tu bar de siempre no es tu bar de siempre si no entras diciendo esta frase con aires de galán y, encima, el camarero te hace caso y acierta el pedido.
-          Marchando una Budweiser. – Respondió el hombre dejando en la barra el trapo que tenía en la mano.
-          Otra para mí. – Dijo desde el fondo del bar una voz femenina sin ni siquiera tener que usar un tono alto para ser escuchada. Instintivamente dirigí la vista hacia esa voz, casi celoso de que se tomara tantas molestias en mi bar, con mi camarero y con mi marca de cervezas favoritas.
Paseé la mirada por el bar hasta dar con ella. Ahí estaba, sentada en el fondo, con las piernas cruzadas, una belleza morena con tacones rojos a juego con sus labios. Conocía ese tipo de mujeres, atractivas, que van de provocadoras y autosuficientes y en realidad solo van en busca noche tras noche de un clavo ardiendo al que agarrarse. Así que, aprovechando mi experiencia con ese prototipo de mujer fatal, decidí acercarme y ser yo ese clavo ardiendo por una noche. Blanco fácil, ni siquiera me haría falta invitarla a una copa. O eso pensaba.
Escuché tras de mí la voz de mi viejo amigo el camarero. Nunca recordaba su nombre, y ni falta que hacía, nos única un vínculo más fuerte: el alcohol. Me giré de nuevo hacía la barra, cogí mi cerveza y la de mi victima de la noche y volví de nuevo a mirarla, acercándome a su mesa como si fúeramos viejos amigos.
-          Gracias por acercármela. – Dijo cuando llegué hasta ella y se lo ofrecí. Dio un trago. – Ahora fuera. – Dejó su bebida en la mesa y me miró, casi como sonriéndome. Lo dicho, prototipo de mujer fatal fallida, aunque estaba empezando fuerte.
-          Venga mujer, no seas así, solo vengo a hacerte compañía. Debería ser delito que las mujeres bonitas bebieran solas. – Empecé, haciéndome el simpático. Siempre funcionaba esa táctica.
-          No bebo sola. Espero a alguien. – Otro trago.
-          ¿A quién? – Si tenía pareja no me interesaba. Cabrón era, sí, pero respetaba ciertas normas, y la propiedad privada era una de ellas.
-          No sé, alguien que me entretenga por hoy, alguien que me pague las copas o simplemente alguien que me haga reír un rato y luego me lleve a su casa a pasar la noche.  O quizá me aburran todos y vuelva a casa, sola y borracha. Quién sabe.
-          ¿Y quién te dice que no pueda ser yo uno de esos alguienes a quienes esperas?
-          Bueno, sorpréndeme. – Sonrió. Y no sé por qué, pero supe que eso solo podía acabar de dos maneras: Muy bien, o jodidamente mal. Aunque la cosa estaba clara.
Tras esa primera cerveza vino otra, y otra y otra más, seguidas de varias rondas de chupitos. De esa noche no recuerdo nada más, y bueno, de nuestra relación – si se podía llamar así- tampoco. Fuimos como una de esas experiencias traumáticas, esas que sabes que te han ocurrido pero tu cerebro se niega a recordarlas con claridad porque sabe que duelen. Lo que sí recordaba perfectamente era su nombre: Sonia. Lo supe al despertar a la mañana siguiente en mi cama, solo, con una servilleta del bar encima de la mesilla, en la que estaba escrito su nombre y había dejado la marca de su pintalabios, . También recordaba su odiosa sonrisa, su asquerosa y profunda mirada y, sobre todo, sus curvas y la manera en la que yo las recorría derrapando cada noche. Lógico que me acabara estrellando.
El caso es que, durante el tiempo que pasamos juntos, creí que era ella quien iba detrás de mí, quien se tomaba aquella relación en serio. Pero ahora, desde lejos, veía cómo me la había jugado desde el principio. Claro que era ella quien me buscaba, apareía misteriosamente en la puerta de mi piso, pero cuando le daba la gana, sin avisar y sin dar explicaciones de de donde venía. Perfectamente podía venir de estar con otro que yo, contento y engañado, la recibía como si ella estuviera comiendo de mi mano. Qué golfa, y qué lista, como me la liaba para hacerme creer lo que le diera la gana. Venía, hacíamos como que nos queríamos un par de horas, a veces incluso repetíamos y duplicábamos el horario, y después se marchaba sin ni siquiera molestarse en poner una excusa y yo, claramente, no iba a preguntarle, ni que me importara. Hasta que una vez, después de varios días, semanas o meses o lo que quiera que durase aquella relación, se me ocurrió preguntarle que a donde iba, y su respuesta fue clara:
-          Ya nos veremos, Erick. Me lo he pasado muy bien. – Y desapareció de nuevo.
En aquel momento pensé que se refería al polvo,  pero pasó el tiempo y no volví a tener noticias de ella, ya no aparecía por mi piso, ya no la volví a ver en el bar. Me extrañó que ni siquiera me hubiera llamado o mandando algún mensaje, hasta que caí en la cuenta de que ni siquiera nos habíamos dado los números. Y ahí me empecé a dar cuenta de su pequeño gran engaño. Qué zorra, cómo me la había jugado. Solo tenía que hacerme ver que era yo quien dominaba la situación y era ella quien venía detrás de mí cuando, en realidad, no le había falta ni buscarme, simplemente sabia donde encontrarme y aparecía cuando le venía en gana.
Me quedé jodido, claro que me quedé jodido. No sabía si por orgullo o por esa tontería que llaman amor pero el caso era que ahí estaba yo, acurrucado en la cama, abrazando unas sábanas que me recordaban al perfume barato de la tía que me había vaciado tanto los huevos como el corazón. Pero nunca admitiría esto último, por supuesto.
Pasó el tiempo, y creí que iba a mejor. Volví al trabajo ante el “amable consejo” de mi jefe de que, o volvía de inmediato a recuperar las horas perdidas o me ponía de patitas en la calle, dicho de forma sutil, claro. También volví al bar de siempre, quizá porque ya no me divertía beber solo o porque las conversaciones intrascendentes de mis supuestos mejores amigos me mantenían la mente ocupada durante unas horas. Pero, en realidad, mi interior seguía ahí, en posición fetal en esa asquerosa cama tantas noches compartida con ese demonio de labios rojos, y no podía evitar sentirme un desgraciado. Pero juro que intenté, por todos los medios que mi decadencia me permitía, volver a ser el tío de siempre, con sus colegas, su trabajo, sus ligues de una noche y su ego por las nubes. Pero no, no hubo manera de mejorar. Sino, más bien, todo lo contrario. Me acabaron despidiendo del trabajo por “falta de iniciativa”. Joder, tenía gracia, hasta la carta de despido parecía un chiste, “falta de iniciativa”, como si trabajar en una oficina cagando informes ocho horas cinco días a la semana fuera lo más divertido del mundo. ¿Qué se creen? Pretenden tenernos a todos encerrados en minúsculos cubículos frente a un ordenador día tras día cobrando una miseria y, encima, pretenden que todavía tengamos alma. Por Dios, así no había quien se tomara la vida en serio.
Por si no fuera poco, mi cabreo por el despido sumado a mi latente decadencia esparció mi desgracia al resto de ámbitos de mi vida. Discutía con Cris continuamente porque, era cierto, no dejaba que me ayudara. Pero es que no necesitaba ninguna ayuda, ni mucho menos que sintieran compasión por mí. El hecho de que me cerrara tanto y me volviera tan hermético con mi mejor amigo hizo que, al final, una pequeña y estúpida discusión fuera la gota que colmara el vaso, haciendo que Cris acabara optando por marcharse del piso.
-          ¿No querías espacio? Pues toma espacio, me largo. Ahí te quedas. – Fue lo último que dijo antes de salir por la puerta. Ni siquiera intenté detenerle, ni pedirle perdón, ni mucho menos mostrarme mínimamente arrepentido. Total, no le necesitaba. Ni a él, ni a mi antiguo trabajo, ni a Sonia. Joder, otra vez ella por mi mente.
La noche del día siguiente de esa última discusión con Cris, fui al bar como siempre. Entré y me senté en la mesa donde estaban mis alcohólicos compañeros de siempre. Quienes me recibieron haciendo un silencio incomodo al verme llegar.
-          ¿Cómo tú por aquí? – Empezó uno, seguramente en el tono más simpático que pudo.
-          En casa no quedaba cerveza, a algún sitio tenía que venir. – Dije en un intento de bromear para romper el hielo. Pero la reacción fueron solo más malas caras, entre ellas, la de Cris. – Ey tío. – Dije dirigiéndome a él, intentando parecer amable pero sin poder evitar ese deje de prepotencia tan mío. - ¿Ya has encontrado piso nuevo?
-          Eres gilipollas, y lo peor es que ni siquiera te das cuenta. Eres demasiado perfecto como para que el mundo lo sea suficiente para ti. Tu trabajo de mierda no era suficiente, ni siquiera nosotros, tus amigos de siempre, merecemos tu grata compañía, ¿verdad? – Dijo escupiendo cada palabra como si de una bala se tratara, en un claro intento, fallido, de hacerme daño. Pero lo cierto es que nunca lo había visto tan alterado. – Mira, que paso, que ya me da igual. – Se levantó de repente. – Me voy a fumar, espero no verte nunca más.
Se fue sin decir nada más y yo me quedé ahí, sentado, mirando la silla vacía que había dejado. De pronto, el resto de la mesa también se levantó y salieron todos por la puerta. Algunos se atrevieron a dirigirme una mirada de compasión, como lamentándose de tener que elegir entre Cris y yo. Otros, simplemente, salieron de allí lo más rápido posible para evitar ese ambiente tan cargado de malas vibraciones. Me acabé mi copa de un trago, me levanté dejando la mesa vacía y pagué la ronda de todos con lo poco que me quedaba de dinero tras el despido, como último homenaje a quienes habían jurado ser mis amigos.
Al principio, como cuando lo de Sonia, no me di cuenta de lo jodido que estaba. Pero esta vez era un dolor diferente, esta vez era culpa mía aquella situación. No sabía cómo, pero me las había apañado para perder mi trabajo y mis amigos en la misma semana, nuevo record.
No fui consciente del abandonado que me encontraba hasta que me vi solo en el piso, sin nadie que me echara la bronca, sin nadie con quien beber y reírme un rato. Ni siquiera me di cuenta de lo dependiente que era de mi mejor amigo hasta que tuve que poner la lavadora por primera vez y, por qué no decirlo también, hasta que tuve que pagar las facturas y vi que no tenía ni para pagar mi antigua parte.
Pasaron los días y todos eran iguales. Cada día era una mala o peor repetición del anterior y yo ya no sabía ni qué hacer conmigo mismo. Estaba asqueado, sí, asquead y jodido, en todos los ámbitos de mi vida. Y en un intento desesperado por encontrar una solución a mi decadente vida, un día salí de casa, sin dinero, sin móvil y creo que incluso sin llaves. El caso es que salí de casa, y hasta ahí todo claro, porque ni siquiera sabía cuál era mi intención. ¿De verdad pensé por un momento que la solución al desastre en que yo solito me había metido la iba a encontrar ahí, en medio de la calle, en forma de señal divina? Irónicamente, sí hubo señal divina, pero no la que esperaba. Se puso a llover de repente y, no sé por qué, eso me cabreó.
-          ¿En serio? – Grité al cielo en mitad de la calle, con los brazos en cruz y notablemente molesto. Hasta el cielo se reía en mi cara, se meaba de la risa ante mi desgraciada desesperación, y todo lo que podía hacer era gritar en medio de la calle y esperar que con suerte la gente que pasaba por mi lado me tomaran por loco y no me dieran una hostia, por gilipollas.
Gilipollas, esa era palabra. Me había convertido en un completo gilipollas, más aún si cabe. Lo había perdido todo y no había intentado impedirlo. Le había fallado a mis amigos sin darme cuenta o inconscientemente a posta, quien sabe.
Y ahí me encontraba yo, bajo la lluvia, esperando que alguien viniera a salvarme o matarme de una vez por todas, porque ya no me quedaba nada por lo que vivir. Pero, de repente, una idea se me cruzó por la cabeza: Si la última vez que vi a mis amigos fue en el bar, quizá todavía seguirían yendo allí.
Corrí hacia el bar y entré de golpe, empapado y con el corazón a mil. Les busqué en todas las mesas. No estaban.
-          ¿Qué te pongo, chico? – Dijo una voz que no conocía detrás de la barra. Habían cambiando al camarero, a mí camarero. Definitivamente, yo ya no pertenecía a aquel lugar, o él ya no me pertenecía a mí.
Salí de allí tan rápido como entré, encontrándome de nuevo solo bajo una lluvia que parecía disfrutar de la escena.
-          ¿Y ahora qué, eh? ¿Algo más? – Volví a gritarle al cielo, como esperando una nueva burla. Y éste me respondió con un trueno seguido de un relámpago que parecía apuntar en una dirección concreta: Un parque dos calles más allá del bar.
Instintivamente salí corriendo hacia allí, no sabía qué buscaba ni qué esperaba encontrar, per sabia que tenía que ir. Llegué en dos segundos, acompañado todavía por esa maldita lluvia y allí me planté, en medio de un parque al que hacía siglos que no iba. Fue donde empecé a juntarme más con Cris, hacía ya varios años. Solíamos sentarnos en algún banco, fumar y hablar de tonterías, sí, pero lo pasábamos bien y al fin y al cabo en eso consiste la amistad. Con estas ideas y recuerdos por mi mente paseé por aquel parque que ya tenía casi olvidado. Llegué a una marquesina que cubría un par de bancos y en uno de ellos distinguí la sombra de alguien, de alguien conocido, Cris. Me senté a su lado
-          ¿Qué haces aquí? – Pregunté sin mirarle.
-          Esperarte. – Contestó. En el mismo tono que yo, y también sin mirarme. – Llevo viniendo aquí casi todas las tardes desde que discutimos la última vez. No es un mal sitio, se está tranquilo y además se ve la puerta del bar, dos calles más allá, así que te podía vigilar por si volvías a pasar por allí. La pregunta es: ¿Qué haces tú aquí?
-          No sé.. hubo un rayo que vino aquí y.. en fin, dejalo, no vale la pena. Oye que.. quería hablar contigo sobre lo que pasó y sobretodo, pedirte perdón.
-          ¿Tú? ¿Pedir perdón? Desde cuando haces tu esas cosas, si para ti solo vales tu y tu ego.- Se levantó y yo agaché la cabeza asoliendo lo que me dijo, se quedó detrás de mí y me abrazó.

Solo nos bastó eso, sin poder evitarlo empecé a llorar arrepintiendome cada día de lo que hice desde que conocí a esa chica con los labios que más me habían incitado a besarla en el mundo.
-          Eres un imbécil, un auténtico imbécil, pero ante todo eres mi amigo y siempre voy a estar aunque sea en la sombra para vigilarte y ver cómo te va, para que cuando estés triste, nunca estés solo.

Después de eso, volvímos a nuestro bar, nuestro pequeño antro, llamamos a todos los demás y volvimos a emborracharnos como si no hubiera mañana para disfrutar de cada momento que pasamos juntos, único, irrepetible e inigualable.

2 comentaris:

Anònim ha dit...

Espléndido.

Anònim ha dit...

Cómo el aire al respirar. De diez